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"A Gabriel Plaza, la nota más alta de España en la Evau, las redes lo han juzgado, condenado y fusilado por inclinarse por el latín tardío"

Nunca como ahora se usado tanto el lenguaje, pero eso no obsta para que la gente se burle de un alumno brillante de bachillerato que ha decidido matricularse en Filología Clásica. La contradicción retrata bien a esta sociedad algo loca y a su patio de recreo preferente que son las redes sociales, ese gallinero donde nada más entrar ya te advierten: aquí se viene a juzgar. A Gabriel Plaza, el alumno en cuestión, la nota más alta de España en la Evau, las redes lo han juzgado, condenado y fusilado por inclinarse por el latín tardío y la poesía homérica cuando podría brillar investigando sobre el genoma o haciendo experimentos con el acelerador de partículas. Lapidado por dilapidar su talento, por decirlo en forma de lo que la filología llama un políptoton. Pero también le han salido defensores por el lado sentimental, con argumentos que parecen sacados unas veces de ‘La utilidad de lo inútil’, el consolador librito de Nuccio Ordine, y otras de cualquiera de esos manuales de autoayuda que le exhortan a uno a dejarse llevar por el corazón, perseguir sus sueños y ponerse el mundo por montera. Es un debate inspirador, casi tanto como el de mangacortistas y mangalarguistas que esta temporada ha revolucionado al sector más intelectual del columnismo patrio. El mundo avanza a velocidad vertiginosa y no siempre en la buena dirección, pero seguimos aferrándonos a los viejos dilemas -la filología los llamaría antítesis- como si en ellos residiera la clave para acertar en nuestras decisiones vitales. Se ha pretendido que el joven Plaza encarne el viejo conflicto entre las salidas y la vocación, el pragmatismo y el idealismo, la llamada del mercado y la del espíritu, en resumen: Ciencias y Letras. Pero hoy no solo han quedado desdibujados los dominios de unas y otras, sino que los principales estudiosos del lenguaje, los filólogos de la posmodernidad, se sirven de herramientas matemáticas. Y las grandes corporaciones buscan filólogos para sus puestos de responsabilidad. Va a ser que estudiar en compañía de Ovidio y Anacreonte no es tan mal negocio, aunque a primera vista parezca eso que la filología llama un oxímoron.
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