"Hoy cualquier esfuerzo, por pequeño que sea, ya merece el nombre de lucha"

Actualizado el 30/05/2022 a las 09:25
Hoy cualquier esfuerzo, por pequeño que sea, ya merece el nombre de lucha. La sed contemporánea de palabras dignas y grandiosas conduce a llamar luchas a las empresas humanas de cualquier tamaño, hasta las más minúsculas. Está el que lucha por la familia y quien lo hace para perder grasa, el que lucha por defender sus derechos y quien lucha para sacarse el carné de conducir, el que lucha por la justicia y quien lucha con el muy coelhiano objetivo de alcanzar sus sueños, o sea, tener miles de followers en Instagram. Al tiempo que decae la épica de las comunidades movidas por ideales colectivos, crece otra épica privada en la que el sujeto se siente llamado a ejercer de héroe en situaciones que no pasan de ser trámites domésticos de poca monta. Qué fatiga. Cuánto ruido de espadas y trompetas para anunciar el aprobado de un simple examen, cuánto jadeo en la proeza de dejar el tabaco y en el mérito inmenso de leerse un libro. Y cuánta presión, también, detrás de los bienintencionados alientos con los que obsequiamos al enfermo conminándole a luchar contra su dolor en vez de ofrecerle acompañamiento y compasión. Ponderar el ideal de lucha como vía preferente para resolver los problemas y alcanzar las metas tiene algo de darwinista. Viene a decirnos que solo merecen reconocimiento los más fuertes. Que solo los combativos se han ganado el derecho de salir victoriosos. O, dicho de otro modo, que la responsabilidad de nuestros reveses, fracasos y derrotas solo recae sobre nosotros, merecedores del castigo por no haber peleado lo suficiente. De modo que, para que nadie se vea apeado a mitad de la carrera, vamos inventando modalidades de lucha aptas para la musculatura más enclenque. A metas ínfimas, luchas insignificantes: dar un clic nos convierte en activistas, gritar desde la grada en campeones y sostener una pancarta en soldados. Todo sea por mantener la ilusión de una existencia grandiosa en lucha constante, en vez de reconocer la fórmula de vida que en definitiva nos mueve más a menudo: ir cada uno a lo suyo, aguantar lo que venga y complicarse lo menos posible. Vamos, algo tan antiheroico como ir tirando.