"Puso el pie el emérito en territorio nacional, y el territorio nacional se estremeció con una violenta sacudida"

Actualizado el 22/05/2022 a las 11:01
Puso el pie el emérito en territorio nacional, y el territorio nacional se estremeció con una violenta sacudida. Hay un rastro de pensamiento mágico en estas reacciones excitadas que van del vivo entusiasmo juancarlista al feroz escándalo antimonárquico, como si la visita fugaz de un octogenario tuviera mayor trascendencia que su largo reinado en el ciclo vital de la madurez. La inquietud ante sus idas y venidas actuales debe de ser una respuesta compensatoria a la alegre condescendencia con la que se tomaron sus idas y venidas de antaño, cuando el monarca en activo practicaba con más asiduidad el regate que la regata. O un desahogo frente a la imposibilidad de conocer el origen y la cuantía de su fortuna: ya que el blindaje constitucional no permite escudriñar en la parte delictiva, ocupémonos de la parte náutica. Donde no llega el rigor de la justicia, que al menos lleguen los acartonados reportajes fotográficos del ‘Hola’. La conexión Abu Dabi-Sanxenxo promete darnos en el futuro un buen material para el entretenimiento, pero es dudoso que contribuya a afinar el debate sobre la monarquía y mucho menos a iluminar las zonas de sombra de una biografía que declina al tiempo que crece el desprestigio de su titular. Juan Carlos I reaparece, pero no vuelve. Asoma en escena, pero apenas como un figurante sin relieve. Donde algunos ven un movimiento táctico del emérito para hacerse valer agitando adhesiones que le hacen la ola, otros solo perciben el retrato lastimoso de un alborotador sin oficio ni beneficio que maquina para ver restituida una reputación que malbarató por su mala cabeza. ¿Cabe mejor agente de la causa republicana que este inspirador de caricaturas para bufones de medio pelo? ¿Merece la pena seguirle los pasos cuando a duras penas se sostiene con la ayuda de un bastón? De todas las imágenes posibles de la decadencia, ninguna más gráfica que esta de un anciano sin residencia fija que busca refugio en un pequeño puerto pesquero donde oír, a la hora del crepúsculo, canciones nostálgicas que hablan de antiguos amores, sueños incumplidos y tristes recuerdos de lo que pudo haber sido y no fue.