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"Hace tiempo que la enigmática complejidad del mercado eléctrico nos ha llevado a sustituir la confianza por el mosqueo"

Recuerda uno aquellos reclamos publicitarios de una cadena de tiendas de electrónica que se anunciaba con la imagen de un tipo del montón junto al eslogan “Yo no soy tonto”. Sé lo que compro, nos venía a decir el hombre, yo uso la cabeza, a mí no me la dan con queso. Reflejaba el orgullo del consumidor inteligente que bracea con éxito entre las olas de ofertas engañosas. Ya que sucumbimos sin remedio a la pulsión compradora, que al menos se sepa que lo hacemos con la honra del comprador cerebral. Sentirnos listos es lo último que nos queda. Por eso ha ofendido tanto que Sánchez Galán, el presidente de Iberdrola, llamara tontos a los clientes acogidos a la tarifa regulada de la electricidad. Pero hay que reconocer que se ha quedado corto. Si las relaciones entre proveedores de bienes y servicios y sus clientes fueran limpias, reinaría en ellas la armonía y no habría ni listos ni tontos, porque el trato se regiría por el principio de la confianza. Hace tiempo que la enigmática complejidad del mercado eléctrico nos ha llevado a sustituir la confianza por el mosqueo. Y el enrarecimiento de las relaciones se ha extendido a otros ámbitos adonde alcanza la sombra del timo. El timo se produce por la conjunción de engaño y ambición. Para que un timo resulte basta con que se encuentren un estafador preparado para engañar y un bobo cegado por la ambición de hacerse rico sin gran esfuerzo. Es lo que les ha pasado a los arruinados por invertir en criptomonedas, las nuevas estampitas. Su orgullo de inversores avispados ha acabado en la humillación. Porque todavía hay clases, aunque Ayuso lo niegue. Unos dirán que la casta y la gente, otros que ricos y pobres, otros que listos y tontos. Dicen listos cuando quieren decir listillos y tontos cuando quieren decir primos. El otro día alguien pidió a Margarita Robles que explicara los motivos de la destitución de Paz Esteban al frente del CNI. “No ha sido una destitución, sino una sustitución”, respondió. Y, como a Sánchez Galán, el rostro se le iluminó con una mueca de superioridad. La única diferencia fue que ella nos tomaba por tontos y él nos lo llamó abiertamente.
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