"Quiero rendir un homenaje particular a todas las enfermeras con las que he trabajado día a día"

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Carmen Ollobarren Huarte

Publicado el 12/05/2022 a las 06:00

Hoy, 12 de mayo, día internacional de enfermería, recordamos un año más a la que fue la primera enfermera en definir las bases de lo que ha sido el desarrollo de nuestra profesión, Florence Nithingale.

De su personalidad hay muchos aspectos que merece la pena destacar y que, como mujer y enfermera, siempre he admirado. La rebeldía, entre ellos. Perteneciente a una familia pudiente de la Inglaterra victoriana, su destino esperado era el matrimonio y la maternidad. Tuvo que perseverar ante la negativa de su padre a que se dedicara a la enfermería. Su tenacidad por aprender de diversas disciplinas, entre otras las matemáticas, forjó a una mujer culta. La formación que adquirió, muy destacable e inusual en la época y mucho más en mujeres, le sirvió de acicate para dirimir cuestiones esenciales y conseguir sus propósitos. Fue una visionaria. Supo que el cuidado de los enfermos no era un asunto menor. Quién, cómo, dónde y qué era preciso para prestar un buen cuidado fueron temas que hubo de resolver. Necesitó de un espíritu luchador para cubrir la necesidad imperiosa de formar a las enfermeras, y aumentar así sus competencias profesionales, darles visibilidad y fortalecer su labor. Su gran conocimiento de las matemáticas la hizo pionera en la estadística aplicada. Con su diagrama de la rosa consiguió demostrar al Gobierno británico de la época que los soldados de la guerra de Crimea morían más por infecciones como el cólera, el tifus, la disentería y otras afecciones propias de la miseria y falta de higiene que por las heridas generadas en la contienda. Evidenció la necesidad ineludible de aplicar reformas de gran calado, y con su liderazgo consiguió que sus aportaciones fueran determinantes en la reforma sanitaria británica. Nithingale mantuvo siempre una perfecta armonía entre el conocimiento, la observación y la práctica, cualidades que fueron decisivas para reducir en más de un 40% la mortalidad en los barracones donde eran atendidos los soldados en la guerra de Crimea, conflicto bélico que duró tres años y causó más de medio millón de muertos.

Y más de 50 millones son las personas fallecidas en las dos grandes pandemias en las que ha estado enmarcada mi vida profesional, el SIDA y la covid-19. Las dos, poderosas y devastadoras. Y con capacidad para provocar un tsunami de contagios en el mundo que han provocado vulnerabilidad, miedo y muerte. Cuarenta millones de vidas segó el SIDA y más de doce millones la covid-19, ambas de gran impacto social y las dos, también, potentes impulsoras en la investigación científica.

Pero las dos pandemias no han sido iguales. Al SIDA me enfrenté en mis primeros años de enfermera, en la unidad de Medicina interna del antiguo Hospital de Navarra. Recuerdo a los primeros pacientes diagnosticados de sida que cuidé. Eran muy jóvenes y, en aquel entonces, sin tratamiento ni cura, con una sentencia de muerte asegurada. Buena parte de aquellos enfermos carecían de recursos propios, tenían escaso soporte social y, en muchos casos, contaban con poco apoyo familiar. Estaban estigmatizados. Hasta hubo personas que enfermaron como consecuencia de tratamientos imprescindibles para otras dolencias, como alguna trasfusión de sangre donada generosamente que resultó estar infectada. Fueron situaciones dramáticas que, aun superadas, no han quedado en el olvido. En cuanto a nosotras, las profesionales, apenas teníamos formación y disponíamos de pocos recursos para abordar con una mínima seguridad el cuidado de estos enfermos. El miedo a contraer una enfermedad mortal era inevitable. Aprendimos a sobrellevar las dificultades y los temores con nuestra juventud, el compromiso, la ilusión y buena dosis de conmiseración.

La covid-19, por el contrario, ha llegado en el último tramo de mi trayectoria profesional. De estos dos largos y difíciles años quiero destacar cuatro aspectos positivos vividos: la colaboración de los enfermos y sus familias, la implicación y la alta motivación de los profesionales, el reconocimiento de la sociedad y el gran desafío personal por hacerlo bien.

Hoy, 12 de mayo, conmemorando el nacimiento de F. Nithingale, quiero rendir un homenaje particular a todas las enfermeras con las que he trabajado día a día. El modelo conceptual de la primera ha influido en mi manera de entender y ejercer la enfermería pero, sin duda, son esas compañeras las que lo han determinado. Son varios cientos de excelentes profesionales, con los que he compartido los más de 43 años de vida laboral que ya llega a su fin. Todos ellos quedan representados en dos nombres: Alicia Yagüe y Lidia Santos: dos enfermeras con mayúsculas. De la primera aprendí el buen hacer en el modo de cuidar. Lidia ha sido y es una gran maestra, de la profesión y de la vida. A todas y a todos, gracias.

Carmen Ollobarren Huarte Jefa de unidad de Medicina interna HUN 4ª General

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