"La Unión Europea ha llegado a ser indispensable para el mundo"

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Víctor Manuel Arbeloa

Publicado el 09/05/2022 a las 06:00

Hasta 2007, aquel antiguo y anodino espía rubio, formal y amable, Vladimir Putin, que había encandilado a Yeltsin hasta llegar a ser su sucesor, encandilaba también a los políticos europeos y occidentales. En 2001, tras su primer encuentro con él, George W. Bush dijo que le había mirado a los ojos y le había encontrado “digno de confianza”. El 11-S, fue Putin el primero en llamar al presidente americano: ambos se denominaron aliados en “la guerra contra el terror”. Al jerarca ruso le sirvió para justificar su terrible guerra en Chechenia.

En septiembre del año siguiente, Putin se dirigió al Bundestag en un fluido alemán y definió a su patria como una “nación europea amiga”, a la vez que declaraba que “la paz estable en el continente” era “un objetivo primordial” para Rusia. Le aplaudieron, desde una primera fila, añadida para la ocasión, el presidente de la República; el canciller Schröder, futuro consejero y presidente de Gazprom, el gigante energético ruso, y, desde una tercera, su ministra ruso parlante, Angela Merkel.

Todos, en fin, dentro y fuera de Moscú, le condecoraron, agasajaron, abrazaron, elogiaron, invitaron… y, lo peor de todo, confiaron en él.

El “régimen fantoche” y hasta “nazi”, de Ukrania, como lo llama ahora Putin, nació en 1991, poco antes de que Gorbachov constatara el final de la URSS, cuando un 91% de ucranianos votó a favor de su independencia. Eligió después seis presidentes. Además, su integridad territorial, la inviolabilidad de sus fronteras y su soberanía quedaron garantizadas en tres acuerdos con la Federación rusa, en 1994, 1997 y 2010. Pero ya en 2007, en la Conferencia sobre la Seguridad en Munich de 2007, el presidente ruso alarmó a sus fascinados colegas europeos, al declarar como cuestión de vida o muerte la extensión de la OTAN hacia las fronteras de Rusia. En los años anteriores, muchos países europeos, miembros del Pacto de Varsovia, se habían adherido a la misma, pero no Ukrania, fuera entonces de cualquier bloque. Seis años más tarde, el Parlamento de Kiev destituyó democráticamente al presidente pro-ruso, Janokovitch, por haberse negado a firmar el acuerdo de asociación a la Unión Europea, largamente negociado junto a otros países del entorno. La represalia de Putin fue inmediata: invadió Crimea, organizó bajo las metralletas un espurio referéndum de integración, y ocupó parcialmente la región de Donbass. Hacía tiempo que el Kremlin sostenía la idea, proclamada el 21 de febrero de este año por el dictador, típico nacionalista étnico panruso: Ukrania pertenece al único pueblo y única nación rusos, piensen lo que piensen, digan lo que digan y hagan lo que hagan sus habitantes.

Los Estados europeos, que aprendieron por fin, tras la segunda guerra mundial, a gestionar sus diferencias por métodos distintos de la guerra y el totalitarismo, tienen ahora mucho que aprender de esta lección amarga e imprevista. Los fascinó el personaje Putin no con su ridículo remedo muscular y patriótico, mezcla de zarista y de soviético, sino con su poder geográfico y militar, con su trigo, petróleo y gas. Le toleraron sus venganzas, invasiones y ocupaciones en Chechenia, Georgia, Ukrania…, y su populismo criminal que, de izquierda o de derecha, siempre lleva a parecidos horrores. Confiaron su propia defensa a los Estados Unidos de América, que un día tenían que cansarse de poner no solo su dinero y sus armas, sino también… sus muertos. Dejaron en manos de Rusia, en términos que hoy nos avergüenzan, buena parte de sus recursos energéticos. Y los derechos humanos pasaron, como siempre, a un muy segundo lugar.

Afortunadamente nuestras democracias europeas se dieron desde 1948 un derecho supranacional, que irrita a nacionalistas y extremistas, pero garantiza los derechos de todos los ciudadanos. Los niveles de juridicidad, elegidos y asumidos, son aportaciones muy positivas para todos. Han avanzado así hacia una sociedad más civilizada, menos violenta, más solidaria. La Unión Europea ha llegado a ser indispensable para el mundo. La invadida Ukrania quiere pertenecer a ella como el mejor de los remedios.

La Unión Europea tiene un largo futuro por delante, como no lo tiene nadie. Eso sí, tendrá que cambiar algunas cosas y estrenar otras. Tendrá que innovar su propio federalismo, que no es el suizo, ni el alemán ni el norteamericano, porque Europa no es Suiza, ni Alemania ni USA. Y, en cuanto a derechos, tendrá que distinguir entre los fundamentales y universales de los que no lo son, y tendrá que acordarse por fin de los deberes.

La Unión Europea no es debilidad ni decadencia, sino civilización y progreso. Y en este tiempo de intensa solidaridad en ayudas de todo tipo, también de armamento, no podemos debilitarla desde dentro, sino, rechazando una vez más cualquier populismo, reivindicarla como un éxito y como un orgullo familiar, civil y mundial.

Víctor Manuel Arbeloa Escritor

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