"La pandemia no acaba en un esperado punto final, sino en demasiados puntos suspensivos"

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Jose Miguel Iriberri

Publicado el 01/05/2022 a las 06:00

Ahora resulta que la normalidad era esto: un tiempo indefinido, dudoso, renqueante. Un espacio en estado de transitoriedad. Camina uno por las páginas del periódico y pasa del esperanzador programa de fiestas al descorazonador informe de contagios. En Pamplona se anuncia que “la ciudad recuperará las verbenas de Sanfermines”, afortunadamente, mientras el “Hospital de Navarra habilita más camas para atender a pacientes covid”, afortunadamente también, en previsión de acontecimientos.

Algo dice la autoridad de quitarse las mascarillas, y a vivir, pero “yo habría sido más prudente con la retirada”, señala el director gerente del hospital. Desde la ventana de casa, la misma ventana de los aplausos de las 20.00 horas de aquella primavera de 2020, el panorama es un tanto gaseoso, incierto, desconcertante. Un personaje del novelista Eduardo Sacheri -argentino tenía que ser- cuenta que se va al campo de fútbol cuando le marea el embrollo de la vida: “jugar es como entender el funcionamiento general del mundo”, dice. Mala suerte: no somos porteños. Y algunos, encima, boludos. Nos conformaríamos con atisbar una pizca del estado general de la pandemia. Ni eso; con despejar la duda de las mascarillas, suficiente.

Nadie apostaba ya, sin tocar madera, por un final con el presidente Sánchez anunciando nuevamente que lo malo ya ha pasado y adelante con las vacaciones. Tremendo recuerdo. Efectivamente, lo malo había pasado: venía lo peor. Pero en esta política de gesto y paripé lo que cuenta es el mensaje resultón. Sumamos ya dos años de trágica experiencia, desde aquel aviso de que España apenas registraría seis o siete casos. Ahora sabemos que la pandemia no tendrá un punto final, sino unos puntos suspensivos. Demasiados. De camino por ellos, habrá que encender la luz (¡y a qué precio!) para catar dónde estamos, entre las administraciones públicas que programan fiestas y festivales, deseados por todos, y las advertencias médicas de riesgo de contagios por las vacaciones, riesgo temido también por todos.

Al final, claro, el sentido común, que no será el más común de los sentidos pero es la más común de las opciones cuando pintan bastos. Las mascarillas han cambiado su labor de bozal por el de pulsera, bajando de la cara a la muñeca. Adiós mascarilla, adiós, pero quédate aquí, a mano, porque nunca se sabe; y además, mire usted, a mis años, casi la aprovecho para salir de casa como salgo de la cama, tapando la dejadez. Las mascarillas, en fin. Las mascarillas y la señora ministra, que esperaba ver tras ellas la sonrisa de los ciudadanos, como si saliéramos, no de una pandemia sino de una de Cantinflas. A carcajadas salieron, ellos sí, los conseguidores y otras especies de la fauna mangante, que se embolsaron millones, si bien, pobrecillos, era para adquirir artículos de primera necesidad, como yates de azotea y coches de sideral gama.

Sentido común, sí. Y paciencia. Mucha paciencia. Al menos por aquí tenemos el entretenimiento asegurado con el juego de los carteles de Sanfermines, ustedes ya saben, este simpático sistema municipal consistente en elegir entre diez carteles ya elegidos por un jurado. Libertad de elección, pero dentro de un orden. Asamblearismo, pero sin desmadre. Con mascarilla.

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