"Se avecina una guerra entre mascarillistas y antimascarillistas"

Actualizado el 24/04/2022 a las 14:34
Lo más divertido de la nueva norma sobre uso de mascarillas en interiores es que si se te acaban las mascarillas y vas a comprarlas en la farmacia no puedes entrar porque no llevas puesta la mascarilla. Este brete corona la extraña relación que hemos mantenido con la prenda durante sus dos largos años de reinado sobre nuestros rostros y nuestros ánimos. Lo que para unos ha sido señal de sometimiento ovejuno a un poder abusivo, otros lo han considerado una prueba de civismo y una precaución razonable frente a la calamidad que se nos había venido encima. De modo que las respuestas al decreto han oscilado también entre dos extremos enfrentados: el júbilo por reconquistar la libertad arrebatada y el miedo a estar poniendo en riesgo nuestra salud con una medida temeraria. Como algo hay de justificado en ambas percepciones, la controversia durará todavía un tiempo, el suficiente tal vez para consolidar los dos frentes que parecen estar formándose en esta normalidad que habrá que calificar de novísima, puesto que la nueva ya quedó atrás. Por decirlo de otro modo: se avecina una guerra entre mascarillistas y antimascarillistas, en la que los primeros del binomio llevan todas las de perder. El clima social dominante es pospandémico, libertario y uno diría que un tanto ayusista. Las ganas de olvidar la pesadilla son más fuertes que las precauciones sanitarias, por más que en algunos territorios como Asturias el aumento de contagios haya aconsejado volver a las restricciones. La retirada de la mascarilla había concentrado tantos anhelos que quien a partir de ahora decida llevarla puesta por temor o por prudencia (o como recurso de la timidez, como han descubierto los psicólogos) se expone a ocupar la casilla social de los herejes, la que en otros momentos ocuparon los infractores del confinamiento, los que se saltaron las colas de la vacunación y ciertos comisionistas de la desgracia ajena. Iremos viendo. Lo que sería menos divertido es que el adiós a las mascarillas obligatorias se interprete como el fin de la pandemia, y a quienes enfermen o mueran de covid acabemos considerándolos restos de serie, víctimas desfasadas que no han leído el BOE.