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"Siento una vida sana por los optimistas"

Avatar del Luis ArbeaLuis Arbea18/04/2022
Algunos expertos, muy puristas ellos, aseguran que eso de la envidia sana es un cuento chino, una flagrante contradicción ya que la envidia, por definición, es algo maligno y nocivo y, desde luego, nada recomendable. Origen de otras maldades, la Iglesia no dudó en concederle el “honorable” (aunque no injustificado) título de pecado capital. “Oh, envidia, raíz de infinitos males, gusano roedor de todas las virtudes”, se despachaba a sus anchas un vehemente Cervantes. Que sí, que no hay duda, que la envidia pura y dura esa que, de alguna manera, desea el mal del prójimo poco tiene de saludable. Y curiosamente es algo como muy nuestro: ¿quién de nosotros no ha sentido en algún momento esa desazón, esa tristeza por el bien ajeno tal como la define el Diccionario de la Real Academia de la Lengua? ¿Quién de nosotros en más de una ocasión no ha hablado precisamente bien de esa persona que en el fondo envidiamos? ¿Seguro que nunca, con ese gramito de malicia que nos identifica como humanos, hemos disfrutado de una sonrisa maliciosa ante el fracaso de nuestros rivales? Y si alguien piensa que está libre de pecado que tire la primera piedra. Y es que se trata de una tendencia tan natural, tan arraigada que, presente en todas las épocas, culturas y grupos sociales, cobra especial vigencia en la familia: proverbiales las envidias entre hermanos. Allá queda, el bíblico Abel fulminado por una quijada fratricida y, muy cerca de nosotros, tantos familiares, destrozado todo apego emocional, virulentamente enfrentados por herencias disconformes.
En efecto, la envidia, se da prioritariamente entre próximos, entre iguales, son mi competencia existencial: poca es la que puedo sentir por Bill Gates o el jeque árabe de turno, no son de mi barrio, nos separan años luz: y mucha, sin embargo, por mis compañeros de trabajo o de partido, por mis amistades y familiares o por cualquier prójimo con quien me juego un espacio en la vida, incluido el vecino del 5º que tiene un piso más grande que el mío. No lo puedo remediar, me fastidia que alguien sea más guapo, más alto e importante que yo. La competencia y su brazo derecho, la competitividad, prolíficas fuentes de envidias y rencores y más en una sociedad tan pragmática como lo actual que, por encima de cualquier otro valor, aplaude y enaltece la cultura del triunfo, del pelotazo, del agresivo, del ganador. ¿Acaso los pacíficos y los perdedores no tenemos derecho a vivir? No obstante, no todo debe ser tan negativo en esta “envidia competitiva” cuando numerosos antropólogos han destacado su virtualidad adaptativa ya que aumenta (numerosos estudios lo avalan) los sistemas de alerta y favoreciendo, en consecuencia, la supervivencia. De esta manera, muchos de nuestros antepasados habrían sobrevivido gracias a las ventajas que, en la competición por el alimento y las parejas sexuales, les proporcionó esa envidia antropológica. Así pues, lo bueno y lo malo en la misma moneda, pura ambivalencia: la vida misma.
De cualquier manera, paso de la envidia negativa y procuro padecer otro tipo de envidia, la buena, esa emoción incuestionable que la conciencia colectiva llama envidia sana. Esa realidad emocional que, desde la admiración, nos puede motivar a superarnos y ser mejores personas. Y así, en estos tiempos tan borrascosos, siento una envidia sana por los optimistas porque siempre tendrán luz en sus vidas mientras que yo seguiré deambulando entre sombras y agonías; y, también, por aquel hombre feliz que por no tener no tenía ni camisa, me gustaría la grandeza de su sencillez, pero me puede la ambición. Y sobre todo envidio a esa amiga del alma que, con la soga de la ELA al cuello, por encima del drama, con una entereza, una inteligencia y un humor admirables, me anima a vivir, me trasmite paz y me enseña, maestra, que atreverse a morir da vida.
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