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A mi manera

Ellas vieron la agresión al indigente

Las cámaras de seguridad no se han contagiado de ese virus social que hace invisibles a los más vulnerables. Seguro que ellas sí vieron la paliza y serán capaces de identificar a los responsables

Ampliar Aspecto exterior de la iglesia de San Lorenzo, donde hace unos días se produjo la agresión a una persona indigente
Aspecto exterior de la iglesia de San Lorenzo, donde hace unos días se produjo la agresión a una persona indigenteCalleja (Archivo)
Publicado el 17/04/2022 a las 06:00
A la puerta de las iglesias hay personas que piden limosna. Se ocultan de sí mismas entre mantas. Clavan la vista en el suelo para evitar toparse con otros ojos. Decía Manuel Alcántara que nadie mira a la cara a estos pobres porque en el fondo tememos que la cara se nos caiga de vergüenza. Uno por parroquia. Saludan escuetamente no para celebrar nada sino buscando un segundo de atención. Se saben invisibles. Hay ‘sintecho’ que abren la puerta a los feligreses y en ese instante salen fugazmente de su crisálida. Creen que el servicio que prestan es un trabajo que explica mejor la acción de extender la mano y pedir unas monedas. Luego se repliegan. Como si temieran molestar a quienes  pone en guardia ver la pobreza.
La persona indigente agredida hace unos días en las puertas de la parroquia de San Lorenzo forma parte de esta legión de invisibles. Gente que no vemos pero está ahí. Sentada en bancos fríos antes de ir al ‘trabajo’ en la iglesia. O entrando en las tiendas a comprar pan y embutido entre clientes que se apartan y cajeras que despachan rápido para que abandonen el súper..., o dormidos entre cartones en los huecos protegidos de los cajeros automáticos que los viandantes evitan. El diferente incomoda. La gente prefiere estar con sus iguales. Acostumbrados al intercambio los humanos estimulamos un mecanismo por el que todo lo hacemos a cambio de algo. Compramos café y lo pagamos, te ayudo con matemáticas y tú me prestas un libro, trabajamos si hay una nómina, respetamos la ley para que la administración proteja nuestros derechos y ponemos entre paréntesis a quienes consideramos que no pueden darnos nada interesante. Incomodan. Por eso en las iglesias abren la puerta. Exigimos contraprestación para todo.
Resulta terrible, ominoso que alguien pueda bajar de un coche, dar una paliza a un indigente y salir huyendo del lugar como si no hubiera ocurrido. Ellos creen que están a salvo. El agredido era un invisible. Las cámaras de seguridad de la calle, tan denostadas por el control social que ejercen, tienen la extraordinaria capacidad de registrar las imágenes de los responsables de estos ataques. Ellas sí lo vieron. Las cámaras no se han contagiado de este virus colectivo que invisibiliza al frágil. Seguro que facilitarán que se les ponga ante la justicia. La videovigilancia posibilitó la detención de los agresores de “la manada” por la violación grupal en los Sanfermines de 2016. Ojalá que se repita su eficacia. Para las cámaras no hay seres trasparentes. Ni siquiera los pobres. Para la violencia nunca hay razones que la razón admita. Especialmente si la víctima pertenece al colectivo de los más desprotegidos, los vulnerables por excelencia. Los pobres.
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