"Hay en esta creciente rusofobia un espíritu de combate algo distorsionado"

Publicado el 19/03/2022 a las 06:00
Cuenta en sus memorias Anthony Burgess que, una tarde en que leía Crimen y castigo en un café de la isla de Malta, se le acercó el camarero y, al ver el título, exclamó: “¿Crimen y castigo? El crimen es haberlo escrito, y el castigo tener que leerlo”. El mozo le aclaró que no es que le disgustara Dostoievski, sino que detestaba la cultura rusa en general, sin matices, un poco como empieza a pasar ahora en respuesta a las atrocidades Putin. La Universidad de Milán ha suspendido un curso sobre el autor de Los hermanos Karamazov para no herir sensibilidades. En Sevilla, la Filmoteca de Andalucía ha retirado de la programación de un ciclo de cine el filme Solaris, de Tarkovski, alegando respeto a la delicada situación mundial. Días atrás la Sinfónica de Cardiff suprimió de un concierto la conocida ‘Obertura 1812’ de Chaikovski, y la Filarmónica de Múnich despidió con cajas destempladas al director Valeri Guérguiev mientras un congresista estadounidense pedía la expulsión de todos los estudiantes rusos de las universidades. Hay en esta creciente rusofobia un espíritu de combate algo distorsionado, una necesidad de extender el conflicto hasta la retaguardia para que todos sintamos aportar nuestra cuota de artillería aunque disparemos con balas de fogueo y en la dirección equivocada. Cada uno se lanza a correr al ruso que le viene más a mano, sea real o imaginario, actual o pretérito, como si todos fueran agentes del Kremlin y debieran rendir cuentas de los delirios criminales de su máximo representante. No solo ocurre en el terreno cultural. En nuestro caso la cultura de la cancelación llega a frentes más domésticos y empieza a dar problemas hasta en las barras. Allá por los setenta, en un bar de Fuenterrabía servían unos apreciados pinchos de filete ruso que el camarero pedía a cocina con un grito cargado de prestigiada sonoridad política: “¡Soviéticos, dos!”. Hoy las tornas han cambiado y la ensaladilla, como el vodka y Dostoievski, va directa al paredón donde caen fusilados el enemigo y la cordura. Otros efectos colaterales de la maldita guerra.