"El caso Emérito es tan abracadabrante que admite estas y mayores paradojas"

Actualizado el 13/03/2022 a las 11:15
En su carta al hijo del 5 de marzo, el rey emérito vuelve a adentrarse en el territorio de la disculpa, pero de nuevo con escasa fortuna. Se ve que hay algo en su ser que le inclina a convertir los arrepentimientos en pantomimas y los propósitos de enmienda en descaradas tomaduras de pelo. La carta ha venido a raíz de la declaración de la Fiscalía donde se certificaba que el emérito defraudó a Hacienda en abundancia y con arte, y que la investigación al respecto quedaba archivada por falta de soporte legal para empapelarlo. Pero lo que en realidad parecía inquietar a la opinión pública ya no era el destino penal del rey jubilado sino su destino físico. Descartada la trena por inviolabilidad constitucional, interesaba saber si finalmente volvería a España (y, en tal caso, si a La Zarzuela o a un retiro privado estilo Sanxenxo) o por el contrario permanecería en el exilio dorado de Abu Dabi, donde por lo visto ha hecho buenas amistades, lleva una intensa vida social y es tratado a cuerpo de rey. De qué otra cosa iba a ser. La carta resuelve el enigma grosso modo: se queda en el Golfo Pérsico -la toponimia tiene estas cosas- pero visitará España con frecuencia para ver a la familia y navegar en el Bribón -la onomástica náutica tampoco se queda atrás-. No sé si así quedan satisfechas las expectativas de quienes exigían el regreso del rey como medida de castigo y las de quienes consideraban que como medida de castigo había que cerrarle las puertas. El caso Emérito es tan abracadabrante que admite estas y mayores paradojas. Por lo menos puede decirse que en lo relativo a la decisión sobre su residencia Juan Carlos I ha estado a la altura de un rey. De Salomón, concretamente. Ni cerca, ni lejos. Ni se queda, ni se va. Nada de lo que haga en lo sucesivo reparará el daño causado a la Monarquía ni lavará su desmejorada imagen, pero habrá que permanecer atentos porque este nuevo estatuto como de youtuber con un pie dentro y otro fuera, entre viajero y desterrado, entre el Golfo y el Bribón, promete nuevos motivos de entretenimiento. A falta de ejemplaridad, que al menos siga ofreciendo animación a esta audiencia de súbditos sumidos en el asombro.