"Continuamos repitiendo los mismos tics y comportamientos que hace dos años como si no hubiera pasado nada"

Publicado el 03/03/2022 a las 06:00
Hace dos años, por estas mismas fechas, nos encontrábamos en pleno desconcierto ante la aparición de una inquietante realidad: un peligroso virus se colaba en nuestras vidas y un patético confinamiento nos colmaría de restricciones, quebrantos y lamentos. Se avecinaban, como así ha sido, tiempos duros de incertidumbre, frustración y miedo, tiempos difíciles. No obstante, aquella penosa adversidad bien pronto y en numerosas ocasiones reveló lo mejor de nosotros mismos y como por arte de magia surgieron extraordinarios gestos de solidaridad y compasión hasta entonces arrinconados, tal vez dormidos, en nuestros corazones. Gestos que nos emocionaron y evocaban que en situaciones límite puede revelarse lo mejor de nosotros mismos. Por supuesto, no faltaron articulistas que, convencidos de que las amarguras enseñan tanto como las sonrisas, fantasearon optimistas que estos valores despertados quedarían incorporados a nuestro proyecto existencial y que aquella crisis iba a suponer un punto de inflexión a partir del cual ajustaríamos el sentido de la vida y mejoraríamos como personas. Y muchos, ingenuos románticos, también nos ilusionamos con ello.
Pero aquellas estupendas expectativas se han desvanecido como por encanto. Muy lejos han quedado aquellos aplausos compartidos a un personal sanitario que hoy, terriblemente agotado, sigue en la brecha con una entrega admirable a pesar de su extenuante “estrés postpandémico”. Y aquellos esperanzadores destellos de comprensión y empatía que ensanchaban el nosotros pasaron a mejor vida. Como si una pragmática y oportuna amnesia hubiera borrado las cicatrices que nos recuerdan las heridas que sufrimos. En cualquier caso, con el corazón sin arrugas y la memoria sin malos recuerdos, hemos pasado página, algo que no está nada mal y que, por otro lado, resulta perfectamente comprensible y, por supuesto, legítimo.
Porque posiblemente tengamos necesidad de ese olvido selectivo que borra los desagradables momentos que nos han hecho daño. Tabla rasa para no mirar hacia atrás y concentrar todas nuestras energías en ese futuro ilusionante, aunque incierto, que se nos viene encima. Indudablemente necesitamos un respiro que nos proporcione una razonable negación, nos lo pide nuestra salud mental un tanto desquiciada por todas las contrariedades últimamente soportadas. Puro y justificado mecanismo de defensa. Un indispensable olvido favorecido por el bálsamo protector de la vacunación y el inexorable paso del tiempo que, según dicen los castizos, lo cura todo. Sea como fuere, por una cosa o por otra, poco a poco, nos hemos ido relajando, aliviando miedos y sonriendo a la vida. Una memoria terapéutica que ha olvidado un pasado que sangraba, pero también, una pena, que los retazos del ayer nos pueden ayudar a construir el mejor mañana.
Y así, con la sexta ola a punto de claudicar (que así sea, aunque el virus si bien más controlado seguirá entre nosotros), con una nueva y particular normalidad en el horizonte (que la lamentable y trágica situación de Ucrania nos lo empaña) y celebrando el que debería ser el último aniversario, continuamos repitiendo los mismos tics y comportamientos que hace dos años como si no hubiera pasado nada, como mucho un mal sueño. En esencia poco o nada ha cambiado, la vida sigue igual. Hemos vuelto a la casilla de salida, todo se repite. Lo anunciaba el Eclesiastés hace 3000 años: “lo que es, ya ha sido; y lo que será, ya fue”. Y, aunque es probable que tenga que ser así, que es ley de vida, me rebelo contra ese fatalismo salomónico que invita a un conformismo un tanto inmovilista y por eso me niego a dejar de creer que, al menos, no hayamos interiorizado una mínima conciencia de fragilidad que nos recuerde quiénes somos y dónde nos encontramos. Esa nueva conciencia que nos facilite un resquicio por donde pueda entrar una brisa de cordura y un toque de atención a un yo sobrevalorado. ¿Otra locura buenista? Posiblemente no, todavía quedan personas maravillosas que sueñan con un mundo mejor: ese gramo de utopía que alimenta la esperanza. La necesitamos.