Historias familiares

Los niños de la guerra, una vez más

Y por si tuviéramos poco con una pandemia, ahora también, la guerra

una mujer que huye de la guerra alimenta a su bebé en la frontera entre Ucrania y Eslovaquia, el viernes por la mañana
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una mujer que huye de la guerra alimenta a su bebé en la frontera entre Ucrania y Eslovaquia, el viernes por la mañana
una mujer que huye de la guerra alimenta a su bebé en la frontera entre Ucrania y Eslovaquia, el viernes por la mañana

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Sonsoles Echavarren

Publicado el 27/02/2022 a las 06:00

Y por si tuviéramos poco con una pandemia, ahora también, la guerra. Así se lo contaba el jueves por la tarde a mi hijo pequeño (8 años), mientras los dos veíamos las noticias en bucle el jueves por la tarde. “¿Pero eso es verdad?”, me preguntaba incrédulo, acostumbrado a los ataques en los videojuegos y en las series de Netflix. “Sí, cariño, está ocurriendo ahora mismo en Ucrania, a dos horas de avión. Cuando seas mayor, podrás contar a tus nietos que viviste durante una pandemia y una guerra”. ¡Pues menuda suerte!, debió de pensar. Mientras contemplábamos en la tele imágenes de gente resguardada en las estaciones del metro de Kiev, la capital del país, de tanques transitando por las avenidas junto a los centros comerciales y locales de comida rápida o escuchábamos los testimonios de familias escondidas en sus casas o haciendo interminables colas en la frontera, mi teléfono móvil silbó. Era el ‘wasap’ que llevaba esperando todo el día. “Hemos cruzado. Estamos en Rumanía. Todo bien”, seguido de varias manos dando palmas. Me lo mandaba Anastasia, la chica que ha trabajado en nuestra casa en los últimos años, y que justo ahora estaba de visita en su país para que sus padres conociera a su bebé. “La gente se puso loca. Cogen maletas y van andando. Estamos en la cola para cruzar la frontera desde las once de la mañana. Colas de coches. Familias con niños”, me resumía. Como ella, que intenta calmar al pequeño Daniel, de seis meses, asustado e inquieto. Se lo conté a mi hijo y los dos nos quedamos pensativos. Él, supongo, intentando digerir esa realidad. Y yo, como si me retorcieran la boca del estómago, al darme cuenta de la atrocidad humana. Y de cómo hay situaciones que, por desgracia, nunca cambian. Porque los niños son siempre los más perjudicados en una guerra. En cualquier guerra.

Pensé entonces en la expresión ‘niños de la guerra’ o ‘niños de Rusia’, precisamente. Para referirse a esos más de 5.000 menores, de entre 5 y 15 años, que abandonaron España durante la Guerra Civil. Que salieron de las ciudades y los pueblos de la zona republicana para embarcar rumbo a Francia, Gran Bretaña, México y, sobre todo, la antigua Unión Soviética. Pequeños que, con una escuálida maleta de cartón, decían adiós, quizá para siempre, a sus familias, que les despedían en los puertos y que no dudaron en ofrecerles un destino mejor. ¿Qué haría yo?, me pregunto ahora. ¿Dejaría marcharse a mis hijos a otro país para que no me los arrebatara una bomba caída del cielo aunque a riesgo de no volver a verlos nunca más? Difícil elección.

Recordar es mi vicio. Aunque, a veces, no recuerdo lo que viví sino lo que me contaron. Que lo apropio igualmente como mío. Y veo, una vez más, a mi abuela, con sus 13 años, recorriendo un Madrid en guerra para conseguir unas tristes lentejas (‘píldoras de Negrín’) o la cáscara de una naranja arrojada al suelo. Mientras paseaba tan tranquila junto a edificios agujereados por la metralla y comía pipas en la boca del metro. Rememoro también lo que aprendí de pequeña al ver la película ‘La bruja novata’. Esa maravillosa cinta de Disney, en la que personas y dibujos animados bailan y cantan al mismo compás. Esa en la que una cama mágica vuela con solo girar el bolillo de su estructura metálica y pronunciar las palabras mágicas. Esa en la que tres niños londinenses huérfanos y sin hogar por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial (Charlie, Carrie y Paul Rawlings) son acogidos en un pueblo de la bucólica campiña inglesa por una peculiar mujer, la señorita Eglantine Price, que resulta ser una bruja novata por correspondencia. Y los niños, sin dar grandes muestras de abatimiento por su situación, deciden descubrir su secreto. ¡Es una película! ¡Lo sé! Pero no deja de mostrar qué rápido superan los niños las adversidades. Y termino mi recuerdo fabulado con el inicio de la novela ‘Suite francesa’, en la que una acaudalada familia parisina huye de la capital de Francia en junio de 1940, los días previos a la invasión alemana, y se traslada al campo. La propia autora, Irène Némirowsky, judía, sabía de lo que hablaba. Nacida precisamente en Kiev, abandonó Ucrania con su familia como consecuencia de la Revolución rusa de 1917. Murió en el campo de concentración de Auschwitz sin terminar su manuscrito. La historia es cíclica. Como las pandemias y las guerras. ¿No aprendemos nunca nada?

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