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Atención Primaria y las costuras que revientan

Como si se hubieran rebosado todos los aliviaderos, el torrente de pacientes y profesionales ha elevado su voz para mostrar sus hartazgos 

Ampliar Personas esperando para ser atendidos en el centro de salud de la Rochapea
Personas esperando para ser atendidos en el centro de salud de la Rochapeaiván benítez
Publicado el 30/01/2022 a las 06:00
Es el tema de conversación más recurrente de este enero, preguntar cómo estás de confinamientos en la familia y contar tu experiencia cuando tratas de acudir a un centro de salud o a una consulta médica. Uno sale siempre hermanado tras comprobar que se trata de males tan compartidos como hablar del clima Mordor de Pamplona. Pero no sirve de consuelo.
Hay que echar un poco la vista atrás. En otoño, la pandemia estaba en tan abierta retirada como los franceses de la España de 1813. Todos hicimos planes navideños y todos tuvimos que mandarlos a paseo, con la consiguiente frustración colectiva que había que sumar al cansancio crónico por la covid. La explosión de la sexta ola, que casi nadie previó, tampoco Salud, colapsaba el uso del sistema sanitario cuando parecía que estábamos de vuelta.
La onda expansiva de ómicron estaba desatada en Navidad y pulverizaba récords en enero. Una ola, más bien un terremoto, con 135.000 casos hasta hoy en Navarra y un pico de 281 ingresados en hospitales, cifras que han impactado frontalmente sobre un sistema sanitario que ya llegaba agotado y que se ha visto además desbordado.
Y, como si se hubieran rebosados todos los aliviaderos, el torrente de los colectivos de médicos, enfermeras, profesionales de atención primaria, urgencias, etc.. ha elevado su voz para mostrar sus hartazgos. Algunos son nuevos y otros vienen de muy atrás y se han agravado con la pandemia. Como las costuras de todo el sistema de la Atención Primaria en Navarra, que estaban prendidas con alfileres y han acabado reventando. Y de su interior han salido una avalancha de reproches: pacientes que no encuentran manera de ir al médico, rehabilitaciones y pruebas que se retrasan una y otra vez, llamadas sin atender, profesionales saturados y además quejosos de recibir a algunos pacientes desabridos que la pagan con ellos. Quejas generales contra los gestores políticos de Salud, enfrentados al tsunami de la pandemia e incapaces de detener una bola que ha ido creciendo ladera abajo. Problemas para contratar refuerzos cuando hacía falta. Enfermeras que trabajan contra enfermeras que estudian, porque las primeras, por culpa de una oposición que ahora sabemos ha estado muy mal puesta, no encuentran refuerzos que cubran las bajas. Una pescadilla que se muerde la cola. Todos contra todos en una tormenta perfecta sobre un sistema de salud que aguanta en sus fundamentos pero a costa de una gran perdida de calidad percibida.
Las aguas se van a calmar un poco en la caída de la sexta ola. Seguro. Pero los problemas y los retos de fondo van a seguir ahí y amenazan con cronificarse y quedar enfangados en el rifirrafe de los cálculos políticos y electorales.
Ya sabemos que poner remedio es siempre mucho más complicado que quejarse. Pero eso, soluciones, es lo que se espera de los responsables públicos. Y hay cosas evidentes. Es necesario invertir en Sanidad. Ojo, pero invertir bien y con cabeza. Gastar más no siempre asegura mejor desempeño, como recuerda Institución Futuro. Y el dinero no ha sido el gran problema en esta crisis, salvo momentos puntuales.
La estructura del sistema sanitario chirría porque no satisface a nadie. Pero va de parche en parche hasta la derrota final. Ayer nos lo recordaban siete cualificados representantes de los profesionales sanitarios en un contundente artículo de opinión en este periódico. Lo que está en juego es la salud de los ciudadanos, un bien que, ahora más que nunca, hemos aprendido a apreciar como esencial con una pandemia sobre nuestras cabezas.
Las recetas para enderezar el rumbo de la Sanidad las deben poner sobre la mesa los expertos, que son los que saben. Pero, desde fuera, apuntar una actitud imprescindible. Hace falta capacidad y voluntad para remover inercias, que es algo mucho más difícil que el hecho de pedir más dinero. Y eso es algo especialmente difícil en la Administración, donde hay muy pocos alicientes para mejorar la gestión y para premiar los buenos desempeños profesionales frente a quienes tan sólo cumplen. Un mal endémico y al que ningún Gobierno ha sido capaz de plantarle cara.
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