“Gofres con forma”

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Chapu Apaolaza

Actualizado el 07/11/2021 a las 10:24

Frente al puesto de castañas de Andoni en la calle Comedias han abierto una tienda de pollofres, que son gofres con forma, salsas y topping por lo alto. A primera vista, hacer bromas con penes en Pamplona podría considerarse apropiación cultural; más tarde se verá que no. Hay consenso en interpretar en una primera lectura que el comercio pretende romper el tabú de fabricar comida con formas genitales, aunque rápidamente uno se da cuenta de que la tienda se llama La Verguería, lo que en sí supone, si no un eufemismo, al menos un circunloquio alrededor de la bragueta, pues uno por verguería podría entender que se trata de una tienda de material para kilikis. No sé si se considera un símbolo de modernidad que en una ciudad pueda ir uno con los colegas a meterse un pollofre de aquellos entre pecho y espalda. He leído con atención las noticias relativas a la apertura del local. La dueña asegura que va a “revolucionar Pamplona”. Pintar penes siempre me pareció una cosa muy antigua, casi rupestre. Ya las vestales romanas adoraban al fascinus, representación fálica de una divinidad pero siguen apareciendo estos perfiles como muestra de contestación, aunque no sé muy bien a qué. Se los encuentra uno en la arena, en la esquina de la página del libro, en la puerta del váter. Siempre me imagino al que lo dibuja frotándose las manos ante el escándalo que va a producir en el puritano cuando observe el dibujo y musite un ‘Ay qué horror’ que en la práctica muy pocas veces sucede. El mecanismo de provocación siempre cojea porque pretende que la abuela que a través del escaparate advierte el pollofre, se eche las manos a la cabeza porque esa es la primera vez que ve un ‘yatusabes’ y resulta que tiene siete hijos y dieciocho nietos. Algo similar ocurre cuando, en una despedida de soltera, la broma consiste en colgarse una bartularia de felpa en la frente, como si a alguien le fuera a importar, como si se estuviera retando no sé qué tipo de poder o cruzando alguna frontera que de verdad creo que no existe hoy que provoca más el sermón del párroco de San Lorenzo que las actrices porno. Que la revolución era decir que uno se iba a merendar un rabo; bien, pues vale.

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