"Tu decadencia comienza cuando el empleado de la tienda te pregunta: ¿en qué puedo servirle, caballero?"

Actualizado el 06/09/2021 a las 10:52
Tu decadencia comienza cuando el empleado de la tienda te pregunta con una fingida reverencia: ¿en qué puedo servirle, caballero? La de caballero fue un su día una categoría honrosa que empezó a declinar conforme dejó las armas y quedó reducido a un epíteto de cortesía para formar con el femenino “dama” un binomio de saludo previo a los discursos y a las funciones de circo. Esa devaluación del término “caballero” se consumó al imprimirlo en los rótulos de los urinarios públicos. Hoy “caballero” es el eufemismo con el que te despachan al asilo haciéndote creer que se arrodillan ante tus canas. Con todo, es preferible eso a verse incluido en el vejatorio “chicos” con el que hoy todo quisque se dirige a la tercera edad. “¿Qué vais a tomar, chicos?”, dice la camarera al grupo de jubilados. Con un “suerte, chicos”, anima el entrenador a los atletas “máster” -ya no son “veteranos”, como eran antes: sonaba a excombatientes próximos al desguace- en la salida del triatlón para sexagenarios. La otra cara de la afrenta es la agresión directa y sin contemplaciones, como la de ese “boomer” con el que las nuevas generaciones miran por encima del hombro a cualquiera que consideren lo suficientemente entrado en años como para hacerlo objeto de su indiferencia. Cuando un chaval te dice “Ok, boomer” ya estás definitivamente perdido: aparentando darte la razón te está mandando a paseo. Más humillante aún es que te llamen “señoro”, insulto que añade al prejuicio edadista el estigma burlón de un masculinismo opresor y casposo. No obstante, hay que reconocer que ya nadie dice “carroza”, “pureta”, “viejales” o “carcamal”, ofensas que en otros tiempos gozaron de notable éxito. Pero no es señal de que el lenguaje se haya adecentado por respeto a los viejos; sucede que a los viejos se les adjudican nuevas etiquetas para hacerles creer que aún cuentan, que tienen reservado un lugar en la sociedad y que las palabras les rinden homenaje. Así, mientras el banco los agrupa en una idílica “edad de oro”, los seguros de vida los llaman “séniors” y la universidad los acoge en sus “aulas de la experiencia”. ¿No es encantador, chicos? ¿Qué más se puede pedir, caballeros?
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