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OPINIÓN

"Malos tiempos para ser paloma"

Opinión de José María Romera

Malos tiempos para ser paloma. También al reino animal han llegado los vetos de esa cultura de la cancelación que condena actos antes tolerados y declara no gratos a sus autores. En pocos años las palomas han perdido su estatuto de amable ornamento urbano para ser consideradas especie invasora. Lo que fueron símbolos universales de paz y armonía son ahora repulsivos parásitos que perturban la vida social, generan malestar y ocasionan daños en el patrimonio. Así de tornadiza es la opinión pública y con esa volatilidad mudan los afectos humanos, qué le vamos a hacer. No deja de ser cierto que las palomas han mostrado siempre una singular predisposición al incordio. Pero ni sus vuelos rasantes ni sus molestos zureos ni sus indiscreciones de orden excrementicio fueron nunca motivo suficiente para bajarlas del pedestal donde culturas y religiones las habían colocado desde tiempo inmemorial. Hoy nos conminan a darles la espalda. A ahuyentarlas por todos los medios. A exterminarlas, ya puestos. Echarles migas está a punto de quedar tipificado como delito de alteración del orden público. En cuanto a hacer fotos a los nietos en el parque rodeados de palomas, no parece buena idea para un sábado. Dicen que el problema es la superpoblación y que nada de esto ocurriría si el número de palomas en nuestras plazas se redujera en vez de multiplicarse como viene sucediendo últimamente. Es posible. Pero a nadie se le oculta que la pérdida de reputación de las palomas se debe a que han traspasado una línea roja. Han cometido el imperdonable pecado de asaltar los dominios de la hostelería, esas benditas terrazas que se expanden sin control ocupando aceras, plazas, paseos, calles peatonales y accesos a comercios y viviendas. Se podría decir que invasión por invasión, ¿no les parece? El caso es que por efecto de esta guerra fría entre potencias invasoras las palomas han salido fuera de nuestro círculo de consideración moral. Ya no son aves amigas, sino aves de mal agüero que merodean entre las mesas amenazando con chafar el vermú. En nuestro imaginario no aparecen llevando en el pico una rama de olivo, sino un pedazo de croqueta. Y eso son palabras mayores.
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