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OPINIÓN

Libros prestados

El placer de leer no puede pagarse mas que con agradecimiento

Avatar del Lucía BaquedanoLucía Baquedano14/05/2021
El domingo sentí envidia retrasada cuando leí en El Semanal que a Arturo Pérez Reverte, parientes y amigos le regalaron únicamente libros el día de su Primera Comunión, por lo que se encontró dueño de su primera biblioteca, que según dice en ese artículo, tiene hoy ya 32.000 volúmenes.

Envidié, sí, aquella biblioteca de sus años infantiles, porque a mis siete años, que son los que tenía en mi Primera Comunión, me hubiera encantado recibir así, de una vez diez o doce libros, seguramente bastantes menos que los de Pérez Reverte. Pero en aquellos tiempos, al menos en mi entorno, no se hacían regalos en ese día. Recuerdo sí, que algunos parientes me dieron dinero. Hasta cinco pesetas los más generosos; y también que una vecina me obsequió con una bolsa de bombones. Pero ni un libro. Verdad es que tenía algunos exclusivamente míos, porque los Reyes Magos no olvidan dejarlos cada cinco de enero en mi zapato.

De lo que no estoy tan segura es de que él leyera más que yo, porque siempre me las arreglé para que no me faltara lectura, ya que leí mucho de prestado y recuerdo con verdadero afecto a las personas que me los dejaban, como a don Miguel Imas, un cura de la parroquia que cada domingo me entregaba uno, o a las hermanas García Molero que tenían una mercería cerca de casa. Allí, además de hilos, calcetines y botones, tenían una estantería en la trastienda, que un buen día me enseñaron y ofrecieron. Gracias a ellas pude leer todos los libros de la condesa de Ségur, que en aquellos días me maravillaron. Tardé tiempo en leer La Odisea y La Iliada, aunque ya mayorcita los busqué gracias a haber leído antes Los dos ilusos de la condesa de Ségur, Pepe Ranly, del padre Finn, y Tom Sawyer, de Mark Twain. Sin ellos seguro que no hubiera encontrado el camino hacia otros, que han llenado mi vida de agradecimiento hacia quienes los escribieron y también hacia quienes me los prestaron. Y es que, el placer de leer no puede pagarse mas que con agradecimiento.
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