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Opinión
Familia

Primavera y regaliz

Actualizada 08/05/2021 a las 10:08

Y cuando nos las prometíamos felices, por fin brilla el sol y nos abren los ya olvidados límites perimetrales (¿ah, pero había vida más allá de la provincia?), va y mi hijo de 7 años llega a casa con la tablet y todos los libros. Mala pinta. Muy mala pinta.

El grupo de ‘wasap’ de padres de la clase echa humo. Que si será porque tienen que hacer un trabajo, dicen los más optimistas. Que igual es que les han puesto más tarea, añaden otros entusiastas.

Pero no. Como suponíamos, un compañero ha dado positivo en coronavirus y confinan a toda la clase. Diez días metidos en casa. Nadie tiene la culpa, claro está. Son cosas que pasan pero ya, a estas alturas del curso, todos estamos cansados y la fatiga pandémica es una mochila cada vez más cargada. Así que, vuelta al teletrabajo y a las clases ‘online’.

A escuchar la voz de la profesora al otro lado de la pantalla instándoles a multiplicar por dos cifras y a practicar Educación Física en medio del salón o corriendo por el pasillo, mientras yo mantengo una reunión por ‘zoom’ con mis compañeros. Y fuera luce el sol y hoy los termómetros nos regalan un verano anticipado. Nada nos gustaría más que coger el coche y escaparnos a ver el mar unas pocas horas.

Pero, aunque estemos hartos, me animo a mí misma a no caer en el desánimo. “El confinamiento es un mal menor. Lo importante es que tengamos salud”, me repito como un mantra. Y, como soy muy dada a las cancioncillas, de repente, escala hasta mi cerebro esa estrofa de ‘Sonrisas y lágrimas’ en la que Julie Andrews enumeraba, saltando con su delantal por las bucólicas praderas austriacas, las situaciones que más le gustaban cuando estaba “triste y sin consuelo”.

Me apropio de una de ellas: ‘La primavera y comer regaliz / son cosas simples que me hacen feliz”. Por esas asociaciones de ideas, a veces absurdas, busco en mi móvil una foto de mi chiquitín del otro día en el campo. Ahí está, escalando unos troncos el muy saltimbanqui. Sonrío al verla y ya no tengo ninguna duda.

Corro a la tienda de ‘chuches’ a comprarme unos regalices de palo. A ver si masco, aunque sea un poco antihigiénico en tiempos de covid, algo de felicidad.


Cuento esta anécdota en clave de humor porque es una minucia. Y, por supuesto, hay problemas mucho más graves. Además, yo tengo la suerte de poder teletrabajar, cocinar, limpiar, poner la lavadora y estar con mi hijo. ¿Qué harán quienes no puedan faltar a la fábrica, el hospital, la obra o la caja del supermercado y no tengan con quién dejar a los niños? Porque los socorridos abuelos ya no entran en este encaje de bolillos...

A veces, me preguntan qué he aprendido de la pandemia. No creo que nos hayamos convertido en mejores personas, como algunos optimistas barruntaban al principio, ni que hayamos salido fortalecidos. Pero me llevo dos aprendizajes: no planificar y vivir con incertidumbre. Que viene a ser lo mismo. Nuestra vida de antes, dibujada casi con escuadra y cartabón al milímetro, se ha esfumado como el vapor de agua que sale de la olla exprés.

Ya no sabemos si iremos de vacaciones, cuándo ni a dónde. Si el niño, con toda la ropa preparada, podrá hacer la Primera Comunión. Ni si, en ese caso, podremos invitar a la familia a comer o, aunque sea, a engullir en una terraza unas croquetas. Esas cosas simples que nos hacen felices.


Por eso, cojo la oportunidad al vuelo y quedo a tomar una cerveza con una amiga que me llama para vernos en media hora. En realidad, el que está confinado es el niño. No, yo.

Tengo suerte de que mi marido acaba de llegar a casa y vuelo por las escaleras para que me dé el aire y no morir de un ataque de claustrofobia.

La tarde es magnífica y nos sentamos en una terraza a ponernos al día. En el ecuador de los cuarenta y con dos niñas, hace año y medio que se separó. Me cuenta que, dejados atrás los nubarrones del divorcio y resuelto el tema del piso y la custodia compartida, está muy bien. No para echar cohetes, pero sí, tranquila y exprimiendo, una semana de cada dos, su nueva vida de ‘soltera’.

Me confiesa, con los labios manchados por la espuma de la cerveza, que ha conocido a un chico que le hace ‘tilín’. Que está muy pendiente de ella, que la llama a ver cómo está, que le manda ‘wasap’ a diario para desearle buenos días y buenas noches y que no descarta quedar algún día con él. Si es que se lo propone. Y nos reímos como dos quinceañeras. Cuando nuestra mayor preocupación era si le gustaríamos o no aquel chico de la clase o al hermano de nuestra compañera.

¡Me alegro infinito por ella y por su ilusión! “A ver que igual queda en un amor platónico”, me para los pies. Pero sea como fuere, soy consciente una vez más, de que, pandemias al margen, la vida sigue. Y de qué manera. Con la primavera en el aire, el sol de mayo y los más de veinte grados acariciando nuestra piel. Nos abrazamos, de medio lado, y me voy más contenta a mi casa. Eso sí, antes me paso por la tienda y me dejo un euro en esos regalices de palo. Ya lo tengo todo. Esas cosas simples que me hacen feliz.


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