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OPINIÓN

"Churruca y Gravina son dos ilustres marinos y patriotas del siglo XIX, un siglo antes de que el fascismo apareciera"

Avatar del Pedro CharroPedro Charro04/04/2021
La izquierda siempre se había preciado de contar con la gente más culta y hacer de la educación, ese trampolín para progresar, su bandera, por eso sorprende que nadie entre sus filas abra ya la boca ante desatinos como el del alcalde socialista de Palma, que ha retirado las calles dedicadas a Churruca y Gravina, por un supuesto origen fascista, cuando los dos son ilustres marinos y patriotas del siglo XIX, un siglo antes de que el fascismo apareciera. Los dos lucharon en Trafalgar, tal como relató Galdós en sus Episodios nacionales, y volvió a contar el galdosiano Pérez Reverte, que se hace cruces ante la alcaldada y sus razones. Todo esto no es sino desprecio a los ciudadanos, a quien se toma por tontos, y concesión a los que odian este país. Además de Churruca -un guipuzcoano ilustrado- y Gravina, también se ha quitado la calle a Toledo, aunque luego se ha dado marcha atrás y al Castillo de Olite, que nos toca más cerca, si bien se ha dicho que no se trata del castillo en sí, sino de un barco con ese nombre que luchó en el bando franquista. Esto permite contar la historia de este barco. Al final de la guerra se produjo el fallido desembarco de Cartagena, en que las tropas de Franco quisieron asestar el golpe final a la República haciéndose con su flota en esa base. Era el mes de marzo y la guerra acabaría el 1 de abril. El Castillo de Olite, como el resto de los barcos, iba atestado de tropas de infantería para el desembarco, pero por una fatalidad no se enteró que la operación se abortaba al haber reconquistado los republicanos la ciudad, haciéndose con las baterías de costa. Al tener la radio averiada siguió adelante y entró confiado en el puerto. El artillero que debía disparar contra un blanco tan fácil vaciló, y el capitán le puso una pistola en la sien para que abriera fuego. Alcanzado de lleno, el Olite se hundió en pocos minutos. Más de 1.500 hombres murieron ese día. Solo unos pocos lograron llegar a la orilla a nado, donde fueron socorridos por sus enemigos. A fin de cuentas, como había dicho Azaña hacia poco, con palabras que todavía resuenan, todos eran hijos del mismo sol y tributarios del mismo arroyo.
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