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OPINIÓN

"La Guardia Civil de Lekunberri incautó 315 docenas que tres personas pretendían pasar a Guipúzcoa"

Avatar del Lucía BaquedanoLucía Baquedano14/03/2021
¿Qué es lo que pasaba hace cien años con los huevos? Cuando leemos lo ocurrido en Navarra en 1921 no acabamos de entender el tejemaneje que con ellos se llevaban los comerciantes. ¿Escaseaban las gallinas hace un siglo? ¿Vivían una pandemia que las imposibilitaba para poner la cantidad de huevos necesaria para alimentar a la población? El periodista no daba los motivos por los que se trasegaban de aquí para allá, pero los lectores de hoy llevamos ya tanto tiempo siguiendo las vicisitudes de aquellos tiempos que ya llegamos a la página del periódico con cierta intriga e interés por saber si el conflicto se había solucionado. Comprendemos además la inquietud de los munícipes del momento por no privar a la ciudadanía de los huevos necesarios, ya que supongo que entonces, como ahora, no existía manjar más apetecible que un par de huevos fritos acompañados de panceta o jamón, tomate o pimientos, txistorra o patatas fritas. ¿No es con este plato con el que soñábamos cuando hemos pasado unos días en algún país, lleno tal vez de otras exquisiteces, pero en el que los huevos fritos brillaban por su ausencia?
Lo peor es que en aquel fatídico 1921 la peor parte la debió de llevar Guipuzcoa, ya que entre esta región y Navarra se había establecido una suerte de contrabando de huevos. Los presuntos contrabandistas unas veces tenían la suerte de llegar a su destino y otras no, como el día en que la guardia civil de Lecumberri incautó 315 docenas que tres personas pretendían pasar a Guipuzcoa, o dieron con un vecino de Sarasa con 40 kilos de huevos, con destino a San Sebastián. Y no eran los únicos, ya que los guipuzcoanos amantes del pincho de huevo y la tortilla de patatas no se resignaban a prescindir de ellos, y estaban dispuestos a pagar bastante más de lo que pagaban los consumidores navarros.
Felizmente aquella escasez de huevos o gallinas terminó, pero tuvo que ser época verdaderamente dura para aquellos a quienes se hacía la boca agua en el momento de clavar un trocito de pan en una apetitosa yema amarillita.
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