Una docena de inviernos

Opinión de Sonsoles Echavarren

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User Admin

Actualizado el 27/02/2021 a las 06:00

El día que nació mi hijo mediano me estuve balanceando en un caballito en el parque. Mi hijo mayor tenía entonces 2 años y medio y a la salida de la guardería nos quedamos un rato en los columpios que había enfrente. Con otras madres y otros niños. Una actividad muy habitual en mi vida y que no consigo abandonar desde hace catorce años porque voy encadenando retoños. Pero bueno, eso daría para otra columna. El caso es que mi hijo mayor se empeñó en que yo me montara en un caballo y él, en un pato, de esos de colores, con muelles en la parte inferior y que te permiten girar hacia todos los lados. Como un tentetieso. Y así, hacia adelante, hacia atrás, hacia la derecha y la izquierda, nos estuvimos deslizando un buen rato. No sé si fue por eso o por qué pero el bebé tuvo en aquel momento mucha prisa por abandonar mi tripa. Y eso que a mí aún me quedaba una semana para salir de cuentas. Se conoce que le gustó el balanceo y quiso compartirlo con su hermano y conmigo. A las pocas horas, y después de un parto sin anestesia epidural y en el que no me dio ni tiempo de entrar al paritorio, mi chiquitín ya estaba ahí. Y ayer sumamos una docena de inviernos desde aquella noche de febrero, fría y lluviosa, en que lo abracé por primera vez. Con mis calcetines de ‘Hello Kitty’, de rayas rosas y blancas, abrigando mis pies siempre helados. Tales fueron sus prisas por llegar que ni pude quitármelos. De mis tres partos siempre recuerdo el segundo con especial cariño por la dulzura con la que el bebé aterrizó en este mundo. En un parto como los de antes. Sin molestar y sin regalarme ningún punto de sutura. Y así continúa. Todo amor.

A mis hijos les encanta que les cuente las historias de sus partos y el mediano siempre se enorgullece de haber sido “el más veloz” y el que “menos dolió”. Aunque ahí yo no estoy nada de acuerdo. Eso sí, el dolor intenso que te parte en dos fue breve. Y aunque no lo he olvidado (no entiendo a esas madres que dicen que al ver la carita del bebé se les pasan todos los males), no lo recuerdo como algo terrorífico. Pero no voy a hablar de historias de partos, aunque sé que dan mucho juego y a todo el mundo le gusta relatar hasta la saciedad las suyas. O las de sus parejas. Que si dilate tanto. Que si no dilaté y me tuvieron que hacer una cesárea de urgencia. Que si se llevaron al bebé al nacer porque había tragado líquido amniótico. Que si me desgarré de tal forma que permanecí un mes sentada en un flotador de playa con cabeza de pato. Que si mi marido se desmayó al ver la hemorragia. Que si estaba tan relajada que me puse a leer el ‘Hola’ en la sala de dilatación. En fin, no sigo. Porque la casuística es infinita. Lo que quiero contar, y sobre lo que llevo reflexionando varios días, es cómo el tiempo vuela. Sin darnos cuenta. El famoso tempus fugit.

Ese bebé con prisas, que nació chiquitín, rojo y arrugado y que no cesó de llorar en cuatro meses, es ahora un niño (poco le queda para preadolescente) que me ha alcanzado en altura. Aunque nos sigamos viendo estupendos y jovencísimos, los padres nos hacemos mayores. Nos teñimos las canas cada tres semanas. Probamos dietas para adelgazar. Nos obsesionamos con la bici, la natación o el gimnasio. Y vamos borrando décadas del calendario de un plumazo. Dejamos de lamentarnos por el gasto en pañales, leches de fórmula y potitos para comprar las compresas o los tampones para las primeras reglas de las chicas. Y ya llevamos un tiempo pensando en cómo ahorraremos, si es que podemos hacerlo, para pagar las universidades. Que ya no queda nada para que los hijos te hablen de la facultad con la misma naturalidad con la que te instaban a montarte en un caballito de muelles en el parque. Ya no nos ponemos a la altura de los pequeños, en sentido literal y figurado, para, en cuclillas, limpiarles los mocos con un pañuelo de papel o calcular si esa brecha de la ceja precisa o no puntos de sutura y debemos correr a urgencias. No. Ahora ya miramos a los hijos a la altura de los ojos o hacia arriba. Me impresiona. Mucho. Muchísimo.

Cuando mi hijo mayor me rodea el hombro con su brazo atlético de jugador de balonmano, como si fuera un tío bueno cualquiera al que ya me habría gustado conocer en mis años de instituto, y me pregunta, con su nueva voz que aún no reconozco, cómo me ha ido el día, todavía me sorprendo. “¿Pero, tú quién eres?”, escucho la pregunta resonar en los recovecos de mi cerebro. “¿Y qué has hecho con mi chiquitín bonito? Ese que tenía el pelo cortado a lo cazo, una voz cantarina, vestía con la ropa pija que a mí me gusta y se me tiraba a las piernas cuando iba a recogerle, todas las tardes, al patio del colegio?”, sigo oyendo el eco de mi voz. Pero me doy cuenta de que es imperceptible. Y, en cambio, solo balbuceo: “Muy bien, cariño, trabajando. ¿Y tú, qué tal? ¿Cómo te ha salido el examen de Física?” Mientras se calienta la comida en el microondas, empieza a enumerar las preguntas que han caído y se queja de que el profesor haya ido “ a pillar”, Desconecto porque no recuerdo nada de esas fórmulas de la fuerza o la potencia.

Mientras le escucho referirse a los newton o los vatios, el mediano me confiesa que está muy preocupado con la empresa ecológica que quiere crear en un futuro no tan lejano y me riñe porque “no reciclamos bien”. “A ver, mamá, que hay que cuidar el planeta. Pero yo lo haré con mi empresa y ganaré mucho dinero”. Le felicito por su afán emprendedor y le pregunto si me invitara a su mansión con piscina. “Pues claro, mami”. Me quedo más tranquila con su respuesta. Y me alegra saber que tendré un hijo empresario que pagara la residencia de ancianos. Aunque bueno, igual nos acoge en su casoplón lleno de habitaciones y cuartos de baño...

¡Qué cosas pienso! ¡Pero si acabo de salir del túnel de la crianza y ahora estoy en la década prodigiosa, más joven y activa que a los 30, con los embarazos, los postpartos y las lactancias! Pero, como el tiempo vuela, no quiero perder de vista mi futuro. Porque, aunque parezca que fue ayer, ya hace una docena de inviernos que estaba pariendo con los calcetines de ‘Hello Kitty’ después de balancearme en un caballito. No sé cómo estaremos, si es que estamos, dentro de otros doce años. Cuando mire a mis tres hijos hacia arriba. Y les escuche preguntarme con sus nuevas voces y sus barbas cómo he pasado el día. Solo espero que lejos de los parques.

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