Huérfanos de hijo

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User Admin

Actualizado el 13/02/2021 a las 06:00

La semana pasada recibí una carta que me hizo mucha ilusión. Pero una carta-carta. No un e-mail, un ‘wasap’ ni una nota de voz. No. Era un sobre blanco con mi nombre y apellido escrito a mano. Me llegó al periódico y en el remite aparecía la identidad de una mujer que yo no conocía. Lo abrí pensando que sería alguna petición de entrevista, como es habitual en nuestro trabajo. Pero ¡qué va! Por curiosidad, empecé a leer el texto conforme subía las escaleras hacia la redacción y, casi me caigo de bruces, por las lágrimas que me empañaban los ojos y no me dejaban ver los escalones. La remitente me contaba que le había gustado mucho mi artículo de opinión sobre ‘Aquellas maravillosas cartas del pasado’, en el que relataba, hace dos semanas en esta misma sección, la relación epistolar entre mis abuelos paternos, mi padre y mi tío, mientras ellos, adolescentes, estaban internos en un colegio de frailes. La mujer de la carta me seguía contando que, cuando su hijo se fue a estudiar a otra ciudad, ella, además de llamarte por teléfono, también le escribía cartas. Y que, a los años, el chico falleció de repente, en aquella localidad lejana. Cuando ella y su marido se trasladaron allí y recogieron las cosas del muchacho, que su compañero de piso les había dejado en una caja sobre su cama, se toparon con una gran sorpresa: Todas las cartas de la madre estaban guardadas en un sobre grande. “Mi hijo no las tiró sino que se las fue llevando con él en todos sus traslados. Es el mayor regaló de amor que me dejó”, rezaba el texto. ¿Cómo no llorar ante semejante confesión? Por supuesto, escribí rápidamente a aquella mujer y le di las gracias por compartir su historia conmigo. Ese relato tan doloroso pero, al mismo tiempo, tan esperanzador. De que se puede salir del dolor, aunque nunca desaparezca del todo, seguir adelante con la vida, y continuar disfrutando de los demás hijos y de los nietos que van llegando.

Me puse a reflexionar entonces sobre el dolor tan inmenso que debe suponer la pérdida de un hijo. Y que no se iguala a nada. Porque ver morir a los padres es ley de vida. Lo mismo que ocurre con la pareja. Porque, aunque su marcha te deje a la deriva, sobre todo si la pérdida se sufre siendo joven y con los niños pequeños, las personas salen adelante. Y muchas rehacen su vida. Con otra pareja o solas, que lo mismo da. Con ilusiones renovadas. Pero, ¿qué tiene que ser perder un hijo? El dolor de los padres que pasan por esta experiencia no tiene nombre. Ni en sentido literal ni figurado. Porque, así como el diccionario recoge los términos de viudo o huérfano para la pérdida del cónyuge o los padres, ¿qué ocurre con los hijos? El idioma, ninguna lengua del mundo, ha sabido inventar un vocablo para nombrarlo. Por antinatural.

Por no hablar de que esta realidad aún continúa siendo un tabú. Hace dos años escribí una serie de reportajes sobre la pérdida de los bebés, en el embarazo, el parto o durante el primer mes de vida. Y muchas madres que me contaban su experiencia se lamentaban de que no se sentían comprendidas. Ni por sus propias familias. En la mayoría de los casos, sus padres no querían sacar el tema a relucir porque les parecía tan cruel, que no sabían cómo abordarlo. “Pero yo quería hablar de mi hijo. Con su nombre. Porque existió y lo tuve unos minutos entre mis brazos. Pero nada. Parecía como si el niño nunca hubiera vivido. Como si fuera un sueño”. Un tabú que permanece. Recuerdo, de pequeña, a una niña que venía conmigo a inglés. Su hermanito había fallecido pocos años antes de una meningitis. Pero nadie lo mencionaba. Los padres nunca jamás lo mentaban y parecía que tuvieran una hija única.

Niños que mueren en un accidente de tráfico, tras una lucha a cuerpo descubierto contra la leucemia o un cáncer de huesos o por una enfermedad del corazón. Fue el caso de Naira, la niña de Desirée Lara. Que falleció el 7 de septiembre de 2016, con siete meses, al no poder superar una cardiopatía de nacimiento. Pero la madre, a pesar de que el dolor le hacía hundirse, supo coger aire y salir a la superficie desde el fondo de esa piscina que parecía tan profunda. Y así creó la asociación ‘Pequeña guerrera’, en Pamplona, para ayudar a otras familias con hijos a quienes les han diagnosticado una cardiopatía, durante el embarazo o al poco tiempo de nacer. Naira significa guerrera en ‘guanche’, un dialecto canario, y su madre quiso homenajear a su pequeña de este modo. Para que su vida no hubiera sido en vano. Para que su corazón continuara latiendo. Mañana, precisamente, y coincidiendo con San Valentín y el símbolo del corazón como ideal del amor romántico, se celebra el ‘Día internacional de las cardiopatías congénitas’. Una jornada para sensibilizar a la población de que hay niños, jóvenes y adultos que fallecen por estas patologías. Varias son las asociaciones, como ‘Pequeña guerrera’ o ‘Menudos corazones’, que acompañan y prestan soporte emocional en los momentos más duros del diagnóstico o las cirugías, que, en ocasiones, se llevan a cabo en otras ciudades. Entonces, a la angustia y el miedo por saber cuál será el final de la historia, se suman el agobio por buscar un piso, los apuros económicos o el encaje de bolillos para ver quién cuida, mientras tanto, al resto de los hijos.

Pero enfermedades y accidentes al margen, mención especial merece el suicidio. Otro tema, aún más tabú y estigmatizado. Hace tres años entrevisté a la madre de una adolescente que se suicidó porque era víctima de acoso escolar. La entrevista más dura de mis veinte años de trayectoria profesional. Ella me contaba que, al dolor de la pérdida, se sumó la incomprensión de su entorno, ya que muchas personas a las que consideraba amigas les dejaron de lado. Porque no es un tema de conversación agradable escuchar que una joven, casi una niña, se tiró por una ventana al patio de manzana por no poder soportar más los insultos de sus compañeros.

Pero esa realidad existe. Como la de Naira, que dejó a sus padres sin su preciosa guerrera. O la de aquella madre que tuvo a su bebé en sus brazos y del que nadie nunca le habla jamás. Aunque haya tenido más hijos, confiesa, no hay un solo día que no se acuerde de él. O el hijo de la señora que me escribió para contarme que el chico guardaba todas sus cartas como muestra de amor. Historias duras pero reales. De padres y madres huérfanos de hijos.

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