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Opinión
La ventana

Letra

Pedro Charro.
Pedro Charro.
DN
Actualizada 01/02/2021 a las 06:00

A diario hago un rato de caligrafía, como quien hace un rato de oración, porque ya no entendía mi propia letra, pequeñaja y contrahecha, como cagada de mosca, y justo estos días he visto que la Biblioteca Nacional ha comprado a la viuda de Sánchez Ferlosio, el autor de 'El Jarama', todos los papeles que éste dejó al morir: allí está el cuaderno con un dibujo suyo en la portada en el que escribió Alfanuhí, junto a miles de notas, proyectos, esquemas, relatos de guerras imaginarias, pecios y anotaciones inacabables, con algo de obsesivas, que forman un archivo de manuscritos que han colocado para su estudio cerca del de su padre, el novelista Sánchez Mazas; un enorme fondo de páginas inéditas que este sabio en zapatillas encerrado en su casa, quizás una de las cumbres literarias de nuestro tiempo, dejó al morir y, según cuenta la noticia, entre todo ese pandemónium guardado en su piso de Madrid, dentro de un armario, había una caja de madera con 72 cuadernos de espiral llenos de apretada escritura, correspondientes a lo que él mismo denomina su “época de felicidad”: unos años en que se dedicó en cuerpo y alma a la gramática -tal vez un desperdicio, siendo el escritor que era-, pero que ayudó a forjar ese estilo tan propio que descendía poco a poco a lo quería decir como un río haciendo meandros, lleno de una lógica implacable y un humor sordo, como demuestran sus libros de ensayos y esos artículos distintos a cualquier otro que publicaba de vez en cuando. Se trata de unos cuadernos escritos con una letra meticulosa y redonda, una caligrafía que ocupa las páginas sin dejar margen y que va engarzando una idea con otra, como ramos de cerezas enredadas que sacamos de la cesta, y todo esto demuestra sin duda la relación que existe entre la caligrafía y el pensamiento: ambos están relacionadas, se ayudan mutuamente, son vasos comunicantes, podemos decir, no en vano ya dijo el propio Ferlosio en una famosa entrevista, que la caligrafía puede salvarnos del Alzheimer, así que cuando la tarde declina y el mundo de fuera parece haber superado otra vez la jornada, vuelvo un rato a la letra clara y pausada donde todo parece en orden.

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