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Opinión
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El coronavirus y la región árabe

Los movimientos de protesta, habituales en Irak, Irán, Líbano, Túnez y Argelia son invisibles, porque se prohibieron las manifestaciones en las calles

Javier Aisa
Javier Aisa
  • Javier Aisa
Actualizada 01/06/2020 a las 08:36

L A pandemia ha atravesado los países árabes de Oriente Próximo y del Magreb con una incidencia menor, pero con grandes riesgos por los enfrentamientos; los sistemas políticos autoritarios; los problemas económicos y las crisis sociales.


A fecha del 27 de mayo, según la OMS, el virus ha alcanzado a 250.473 personas, de las que han fallecido 3.113. No están incluidos los estados de la región que no son árabes, cuyas cifras son mayores por su extensión, demografía, movimientos de sus poblaciones y relaciones con el extranjero. A final de mayo, en Turquía se cuentan 159.797 afectados y 4.431 muertos; Irán, 141.591 casos y 7.564 fallecidos e Israel, 16.809 infectados y 281 víctimas mortales, una tercera parte ultraortodoxos debido a su aglomeración en espacios propios y su rechazo a cerrar sus sinagogas y escuelas talmúdicas.


La escasa transparencia y los obstáculos a la libertad de información de los gobiernos árabes impiden conocer la situación real. No obstante, el descalabro económico será enorme. Sus causas van desde la clausura de muchas actividades económicas, especialmente las relaciones comerciales, y el cierre de fronteras, hasta razones más estructurales: la competencia por los precios de los hidrocarburos; las consecuencias de los conflictos bélicos y los precarios sistemas sanitarios.


El cierre de centros educativos y religiosos; diversos tipos de confinamiento; el bloqueo de los aeropuertos, sobre todo para los viajeros procedentes de Asia y Europa, y la instalación de toques de queda y el despliegue militar en las calles han sido utilizados para reforzar el poder de los clanes, partidos únicos o aliados y sectarismos confesionales. La excusa de la propagación de la pandemia ha incrementado la jerarquización de la política; la falta de libertades civiles; la vigilancia de la población mediante sistemas electrónicos y el clientelismo económico. Son instrumentos para retrasar el estallido social.


En estas circunstancias, los movimientos de protesta - habituales hace un año y medio - en Irak, Irán, Líbano, Túnez y Argelia son invisibles, porque se prohibieron las manifestaciones en las calles y las reuniones en lugares cerrados.
En Egipto, el presidente Al Sisi empezó a preocuparse por el virus cuando murieron varios generales, aunque nadie se cree la cifra oficial de infectados: 19.666 casos y 816 muertos. Nada le importa la saturación en las cárceles, con más de 60.000 presos políticos. Son un peligro gigantesco. Líderes como Karim Tabou, del movimiento Hirak, impulsor de las recientes reivindicaciones en Argelia, continúa detenido, al igual que el periodista Khaled Drareni.


Mohamed VI y su círculo de influencia (majzén) han logrado fortalecer el régimen con medidas enérgicas de confinamiento, limitación de actividades y emergencia sanitaria en Marruecos. El país vecino solo cuenta con 250 camas para los infectados y sus condiciones económicas han empeorado por la sequía y el descenso de un 42% en las cosechas de este país agrícola. Se han registrado 7.601 contagiados y 202 fallecidos, hasta el 27 de mayo, según fuentes oficiales. Para demostrar su poder y una supuesta generosidad, la monarquía ha indultado a 5.600 presos, pero no ha liberado a los encarcelados por las protestas del Rif.


La extensión del coronavirus es menor en el mundo árabe, ya que el 60% de la población tiene menos de 30 años y algunos países están bloqueados por los conflictos, como Siria, Yemen, Gaza y Libia. Ahora bien, cuando ya ha empezado el desconfinamiento y se reanudan las actividades económicas, las migraciones internas para buscar trabajo y los refugiados que escapan de las guerras y la pobreza pueden reactivar la pandemia.


No obstante, las consecuencias del coronavirus van a ser más dramáticas en la economía, especialmente por el freno al turismo y el efecto de la disminución de los ingresos petrolíferos, por la competencia entre Arabia Saudí, Rusia y Estados Unidos y el descenso de las compras de China, que se abastece en este mercado, van a provocar que el PIB árabe disminuya en 42.000 millones de dólares de una cifra de casi 2,8 billones. Se pueden perder 1,7 millones de millones de empleos, según las instituciones internacionales.


La proclamada solidaridad de antaño entre los pueblos árabes se convirtió hace tiempo en una quimera, ahogada por el autoritarismo, el egoísmo materialista de las élites enriquecidas, las desigualdades sociales y la intolerancia en la interpretación del islam.


Un déficit estructural árabe como la penuria hídrica, debido al crecimiento demográfico y a la concentración urbana, repercute en el curso de la pandemia. Los recursos renovables de agua son de una media 1.230 metros cúbicos por habitante, aunque solo ocho países árabes garantizan los 500 m3 imprescindibles. El resultado es que 74 millones de personas (de 400 millones de árabes) no tienen acceso a lavarse las manos con agua y jabón, esencial para evitar el coronavirus.



Javier Aisa Gómez de Segura. Periodista especializado en actualidad internacional. Co-fundador de Espacio REDO


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