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Opinión
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Cosmopolitismo y pandemia

En pocos años, el panorama ha cambiado radicalmente; nos ha dado tiempo a los seres humanos para creernos los auténticos amos del planeta

Jesús M Osés.
Jesús M Osés.
DN
  • Jesús María Osés
Actualizada 25/05/2020 a las 06:00

Nuestro hogar, la Tierra, se nos está quedando pequeño. El aleteo de alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo (proverbio chino, nunca mejor dicho por el origen de la procedencia del mal). Pero en vez de la mariposa hablamos de un virus “viejo” que se ha despertado beligerante.


Era difícil que las epidemias de tiempos anteriores afectaran a los habitantes de los cinco continentes. Los océanos eran barreras de contención para la inmensa mayoría de las personas. El confinamiento, por tanto, estaba casi permanentemente asegurado de forma incondicional. Y eran muy raros quienes se escapaban de esta “ley natural”.


En pocos años, quizá no más de 50 o 60, el panorama ha cambiado radicalmente. Nos ha dado tiempo a los seres humanos para creernos los auténticos amos del planeta; los que decidimos que el crecimiento económico es algo fundamental para estar a la altura del tiempo, o sea, que “estamos entre los que cuentan”; los que maltratamos los mares con la basura y los esquilmamos con la pesca; los que pretendemos que nos bajen impuestos a la vez que exigimos una sanidad de calidad; los que nos adaptamos a lo que ocurre sin muchas ganas, pero con parsimonia; en fin, los que ni tan siquiera nos paramos un momento para reflexionar sobre lo que acaece a nuestro alrededor.


50 o 60 años, nada en el tiempo de la existencia de los astros. Unas pocas gentes, nacidas azarosamente en una tierra del sur de lo que se llama Europa, casi tocando África, se pusieron de acuerdo, una vez muerto el dictador, para instaurar como forma de gobierno la democracia, cuyos principios y ordenamientos se plasmaron en una Constitución. Y conseguimos, por segunda vez en el S. XX, la condición de ciudadanos. Todos nos sometimos a la ley que aprobamos, con los mismos derechos y deberes. Con ahínco y a base de trabajo y educación universal, sin concesiones a los populismos, iniciamos el camino. De 1978 a 2010 fueron años de esfuerzo común y mucho sobresalto por el ataque permanente del terrorismo etarra a la democracia, a la que siguió la crisis de 2008. Pasamos de ser un país de emigrantes a uno de inmigrantes. Entramos en la Unión Europea voluntariamente cediendo parte de la soberanía nacional.


Y, como dice Albert Soler, “nos cansamos de vivir bien”. Él lo aplica a la Cataluña rica que, aburrida del bienestar, se inventa y pone en marcha “el procès” para mayor gloria de dirigentes sin escrúpulos y catalanes adoctrinados y crédulos. Yo lo acomodo a la UE de la austeridad; de los nacientes gobiernos iliberales; de la carencia de valores morales compartidos; de la primacía económica sobre el cuidado del ecosistema Tierra; de una fiscalidad semejante entre sus componentes; de una ordenada apertura a los inmigrantes. Y, sobre todo, a la ausencia de un poder europeo común, democrático, que diluya paulatinamente por corrosivos los nacionalismos de toda laya.


Ese poder común podría enfrentar mucho mejor el reto que nos está lanzando un virus juguetón. Y una ciudadanía común, concienciada por el problema médico y consciente también del agujero negro en lo económico-social, apoyaría las medidas sanitarias necesarias y los mecanismos idóneos para superar nuestro mal generalizado. El reto es de tal magnitud -y tenemos tal carencia de conocimiento del virus que nos ha retado- que un esfuerzo al unísono lo podría hacer más fácil de sobrellevar. Porque no olvidemos que, siendo cualquier decisión discutible (y lo estamos sufriendo a nivel nacional y europeo) no debemos caer en la trampa del asno de Buridán que murió de hambre por no decidirse a optar por una de las dos aceptables comidas.


La ONU no tiene capacidad decisoria para abordar temas decisorios y vitales como los que vivimos. El veto de media docena de países inutiliza cualquier propuesta general de actuación coordinada. La ONU da recomendaciones sanitarias -que, como es obvio, varían con el tiempo conforme las investigaciones de los grupos científicos que analizan el fenómeno que nos ataca- pero carece de poder ejecutivo.


En estos momentos los que aspiramos a ser cosmopolitas solicitamos ese poder democrático ejecutivo europeo (mejor mundial) porque, como nos dice Gordon Brown, “necesitamos una cooperación internacional al nivel más elevado que se haya realizado nunca; una cumbre de compromisos para dotar de los fondos necesarios a la emergencia sanitaria; o sea, un equipo con poderes ejecutivos en el G-20 porque ya no basta con buenas palabras: hay que pasar a la acción”. Es, a mi parecer, lo que más se aproxima en estos momentos a un planteamiento sanitario-económico de largo y efectivo alcance. El lema podría ser: “Los seres vivos lo primero”, con un desbordamiento total de la propuesta falsa del presidente Trump, que ni tan siquiera es inclusiva para todos los estadounidenses, sino sólo para los que tienen recursos materiales suficientes. De algo similar a esto ya hablaba Kant en el siglo XVIII pero no ha servido para lograrlo. La crisis nos golpea de una forma brutal, pero quizá posibilite una acción coordinada para superarla. Sería un gran avance en el aniversario de la derrota del fascismo y de la fiesta de conmemoración de la Unión Europea.


Aunque lo que estamos viviendo no es una guerra al uso, creo que es una exigencia democrática de la ciudadanía a sus políticos: nuestros mayores pactaron una salida a la devastación de la segunda Guerra Mundial; también al desorden económico de la Transición; ahora a la catástrofe del virus. Sea ya.


Jesús Mª Osés Gorraiz. Profesor de Historia del Pensamiento Político en la UPNA


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