Sánchez y España, en la encrucijada
¿Que va a hacer Sánchez para afrontar esta crisis? ¿Seguirá el camino griego o será capaz de poner las bases para un doloroso y largo camino de recuperación?

Actualizado el 20/05/2020 a las 06:00
El Banco de España y la Airef, la Autoridad Independiente para la Responsabilidad Fiscal, han puesto ya números a la crisis económica del coronavirus. En 2021 tendremos una Deuda Pública del 124% sobre el PIB, treinta puntos más que la de 2019, ya de por sí alta. Alemania, por ejemplo, supera ligeramente el 60%.
Hay que recordar que en 2012, cuando tuvimos que ser auxiliados por el Banco Central Europeo porque los ahorradores internacionales no compraban nuestra deuda si no era con altísimos intereses, nuestro nivel de endeudamiento era del 85%. Desde entonces, las movilizaciones anti-recortes y las inyecciones de liquidez del BCE crearon el marco idóneo para relajar el esfuerzo de reducir nuestro endeudamiento. Así hemos llegado a la crisis de 2020 a niveles cercanos al 100%. Ahora se añade un plus de deuda, como digo, de otro 30% y volvemos a necesitar la ayuda de Europa.
Pero esa ayuda del Banco Central Europeo comprando deuda pública española, créditos del Mede, Fondo de Rescate Permanente, y la que pueda arbitrar el Parlamento Europeo no van a ser gratis. Europa nos sostendrá mientras cumplamos las condiciones de ajuste de nuestro déficit presupuestario anual y de nuestra deuda acumulada en un segundo momento. Y es aquí donde viene la parte dura de las cifras que acaba de publicar la Airef. Vamos a necesitar diez años de ajustes y subidas de impuestos para reducir nuestro déficit anual a cero. Una vez alcanzado este objetivo necesitaremos otros diez, hasta 2040, para reducir la deuda a niveles de 2019, es decir al 95%, y una década más, hasta 2050, para reducir la deuda al 60%, tal como exige el Tratado Europeo de Maastricht. Todo ello si se cumplen dos condiciones: la primera es que la ciudadanía acepte como inevitables los recortes de gasto y la subida de impuestos; la segunda, que en 30 años podamos mantener un nivel de crecimiento económico que no haga más complicada la situación. Dos condiciones que a día de hoy se ven de difícil cumplimiento. La alternativa es que Europa nos deje caer, no financie nuestra deuda y tengamos que buscar esta financiación en el Mercado. Las consecuencias: un desastre mucho mayor. Un panorama en el que no es descartable la ruptura del euro, ya que el rescate tendría que afectar también a Italia y a otros países de la Unión.
Grecia ya vivió una encrucijada similar a principios de la pasada década. Fue el primer país europeo que recibió ayuda internacional por valor de 110.000 millones de euros. Un año después, en 2011, Grecia recibió el segundo rescate por valor de otros 130.000 millones. Se hizo una quita del 53%, es decir los prestamistas perdieron la mitad de su dinero y se vieron obligados a bajar tipos de interés y ampliar plazos de amortización.
En este panorama, los griegos decidieron en elecciones poner a Syriza, una coalición de partidos de la izquierda radical a gestionar esa crisis. No insistiré más en el tema. Todos recordamos las durísimas negociaciones del Ministro Varufakis con la Troika, del tercer plan de rescate y del corralito griego. Y que el euro estuvo a punto de romperse. La foto de Pablo Iglesias apoyando la candidatura de Syriza. Si Varufakis no llega a dimitir como ministro de Finanzas, Grecia hubiese abandonado el euro. Finalmente, el primer ministro Tsipras recondujo la situación. Iglesias le apoyó. Grecia no tenía la suficiente masa crítica como para romper el euro; España e Italia juntas, sí.
Se me puede argumentar que la situación de hoy no es la misma que en 2014 y es cierto. Las autoridades europeas incluso reconocieron errores en el tratamiento de la crisis griega. Pero ello no nos debe hacer perder de vista que las ayudas significan compromisos de ajuste. Entonces y ahora. La pregunta es: ¿Qué va a hacer Pedro Sánchez para afrontar esta crisis? ¿Seguirá el camino griego culpabilizando a las instituciones europeas y acrecentando el euroescepticismo, o será capaz de poner las bases para un doloroso y largo camino de recuperación económica y consensos políticos?
Y otra cuestión, no menos importante. ¿Aprovecharán los nacionalismos periféricos esta nueva crisis, como hizo el nacionalismo catalán con la de 2012 para lanzar el órdago definitivo en su partida por la independencia?
Como se ve, España se enfrenta a importantes amenazas y retos varios que exigen liderazgos carismáticos, capaces de concitar adhesiones mayoritarias y como se dice ahora, transversales, como el de Churchill en Gran Bretaña, para enfrentar un largo periodo de incertidumbre, sudor y lágrimas. Un liderazgo que en España ni está ni se le espera.
José Ramón Ganuza, periodista