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Opinión
opinión

Enseñanzas y aprendizajes

Fermín Elizalde
Fermín Elizalde
  • Fermín Elizalde
Actualizada 19/05/2020 a las 06:00

Escribo estas líneas para mostrar algunas reflexiones sobre la situación que nos está tocando vivir y la que se nos avecina, y las enseñanzas que traerán consigo. No me refiero a la distancia social, el lavado de manos o las mascarillas; me refiero a la forma de comportarnos como miembros de una sociedad consumidora, cuyos actos tienen trascendencia en su entorno económico.

Buena parte de los acontecimientos que hemos conocido estos últimos meses están relacionados con la economía: sirvan como ejemplo el asunto de los respiradores retenidos por el gobierno turco; la falta de mascarillas en España y la consecuente necesidad de importarlas de China, al igual que las pruebas PCR, con su cuestionada fiabilidad. Todo esto tiene que ver con un hecho fundamental: llevamos treinta años cerrando industrias en nuestro entorno; industrias con máquinas, trabajadores, proveedores y clientes, que pagaban impuestos y, sobre todo, aportaban productos necesarios para desarrollar otras actividades.

La globalización, esa palabra que suele ser signo de modernidad, hizo que muchas empresas optaran por trasladarse a otros lugares que les permitieran acceder a mercados más grandes, “emergentes”, se decía, y con costes notablemente más bajos en producción, aprovisionamiento o distribución. Era más barato hacer tornillos y traerlos, o incluso comprarlos hechos, que fabricarlos con máquinas, empleados, comerciales, etc. Este tipo de decisiones no se tomaban con base en reflexiones respecto del PIB, los puntos básicos de la deuda española o en el déficit público, sino en otras más cercanas a la economía doméstica.

Cuando un consumidor se va a Arnedo a comprar zapatos, calcula el coste total: gasolina, peajes, horas de viaje, etc., además del producto. De este modo, estima el ahorro con respecto a lo que los zapatos le habrían costado aquí. El empresario hace algo parecido, aunque manejando más variables: qué cuesta cerrar aquí; qué cuesta abrir allí; cuánto van a mejorar mis márgenes; cuánto voy a tardar en recuperar mi inversión. A riesgo de simplificar, quiero decir que su decisión tampoco se basa en elasticidades de la demanda o en conceptos econométricos, sino en economía doméstica. En definitiva, todos, personas y empresas, encontramos productos fabricados fuera a un precio más bajo que los fabricados aquí.

A comienzos de este siglo, muchas fábricas textiles cerraron sus puertas por la imposibilidad de producir a un coste que pudiera competir con China. Algunas trasladaron su producción allí. En la actualidad, todas las grandes marcas producen ahora en Asia, en China o en otros países de su entorno.

Otro factor que determina la actuación del consumidor es la inmediatez: preferimos adquirir un libro por internet y recibirlo en un día que acudir a la librería, y, quizá, buscarlo en el catálogo, pedirlo y regresar a recogerlo.

La reflexión puede empezar por estas dos realidades. Cabe preguntarse si es imprescindible comprar siempre lo más barato o si merece la pena pensar en si los tornillos o los yogures los fabrican aquí al lado. Cabe preguntarse si el ansia de compra inmediata afecta a nuestro tejido comercial y productivo. De nuestra decisión depende el futuro del comercio y el de las industrias más cercanas, en serio peligro de desaparición.

Es muy cierto que España es destino mundial preferente, pero esta realidad no basta para sobrevivir a la situación actual. Unido a la falta de estructuras productivas, el descenso del turismo nos ha sumergido en una crisis de dimensiones bíblicas, que dejará pequeñas las estimaciones económicas del Gobierno. En cuanto a Navarra, en los últimos años se ha apostado por la investigación, el desarrollo y la innovación; contamos también con una notable fortaleza en el sector primario, pero hemos desmantelado parte de nuestras estructuras productivas con el cierre de empresas industriales. En definitiva, necesitamos crear un tejido industrial sólido que nos permita hacer algo más que mirar al cielo para ver si llueven mascarillas o test rápidos. Hacen falta políticas de fomento de inversiones y de empleo, mucho trabajo y un altísimo concepto de responsabilidad fiscal, porque las políticas de fomento se basan en los ingresos fiscales: ahí podemos ayudar todos, evitando conductas indeseables. Lo más importante es promover un cambio de conciencia como consumidores que nos haga pensar en la conveniencia de asumir un sobrecoste, que, a la larga, será una inversión en el futuro de nuestro entorno cercano.

Muchos empresarios navarros han sido capaces de reinventarse por un afán solidario: el que hacía plásticos para coches ha empezado a hacer pantallas de protección, o separadores, o mamparas, o mascarillas. Así pues, contamos con empresarios y trabajadores capaces, y con infraestructuras adecuadas.

La generación de mis padres salió adelante en un entorno de total devastación. Eran otros tiempos, pero tal vez necesitemos parte sus convicciones para entender que, además de sujetos pasivos de derechos, también lo somos de obligaciones.


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