Amanece antes, que no es poco

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Luis Arbea

Actualizado el 23/04/2020 a las 06:00

Hace unas semanas comentábamos que, de la misma manera que estamos condenados a sufrir, también, y por encima de todo, estamos condenados a vivir. La inapelable fuerza de la supervivencia. En esta línea, el célebre biólogo Richard Dawkins nos sugiere su no menos célebre tesis del “gen egoísta” como responsable y principal fuerza, innata y necesaria, para el sobrevivir y la evolución de las especies. Un planteamiento que derivaría en un tan inevitable como poco alentador individualismo. Sin embargo, paralelamente, otros autores, en el marco de las “teorías del apoyo mutuo”, defienden la coexistencia, como si de las dos caras de una misma moneda se tratara, de otro gen, el gen altruista (no está muy claro si innato o aprendido, ¡qué más da!), por el que, por encima de la ley del más fuerte, del más listillo y, en tantas ocasiones, del más amoral, serían la cooperación y la ayuda entre los individuos de la especie, las verdaderas responsables de nuestra mejora antropológica. O, dicho de otra manera, la solidaridad como el auténtico motor del desarrollo. Una propuesta, obviamente, menos determinista, más atractiva, y más esperanzadora. Y, precisamente, lo que estamos viviendo en los ya casi dos meses de fatal pandemia, representa la mejor prueba de esta doble realidad.


Todos sabíamos que en las grandes catástrofes el ser humano manifiesta lo mejor y lo peor de sí mismo y en esta aciaga situación de incertidumbre, ansiedad y miedo que nos está dejando el fatídico coronavirus, lo estamos pudiendo comprobar. Por un lado, los dominados por el gen egoísta (los menos) que un su día colapsaron playas y montañas huyendo del peligro de las ciudades o vaciaron los supermercados en un paranoico “sálvese el que pueda”, o también, los que irreflexiva y desaprensivamente continúan saltándose el confinamiento a la torera. ¿Inconsciencia? ¿Egocentrismo? Siempre, una absoluta falta de empatía. ¿Entrarían en el mismo saco esos personajes públicos, que, aprovechando la coyuntura, no cesan de intentar sacar rédito político con sus declaraciones? Simultáneamente, el gen altruista se está manifestando en las mil y continuas muestras de generosa entrega de tantos colectivos que día a día nos acompañan. Gracias una vez más. Manifestaciones que nos recuerdan que, en el fondo, podemos ser maravillosos y que el otro no es mi enemigo ni mi competencia, sino que acaba siendo mi compañero de viaje. Un viaje donde ya no tiene sentido el “me salvo yo primero” sino el “nos salvamos juntos porque yo me salvo contigo”. Y es que las lágrimas compartidas nos hacen más fuertes y nos ayudan a estrechar lazos y a aparcar las diferencias. Extraordinarios brotes de solidaridad, de ese gen altruista, que no nos hacen más santos, pero sí, más humanos; y que a pesar de su más que presunta caducidad (no creo, ya soy bastante viejo, que cuando salgamos de esta, ¡ojalá me equivoque!, la sociedad asuma un rol menos individualista y más solidario como auguran algunos ideólogos), no dejan de suponer una ráfaga de aire fresco que nos está ventilando esta cansina clausura y, para muchos, además, un añadido ramalazo de luz, una conciencia más clara. La primavera en nuestras casas. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce: en medio de una patética desunión política que a más de uno nos produce náuseas, la realidad es que el maldito bicho sigue entre nosotros y los futuribles sociosanitarios, continuará el largo confinamiento para una gran mayoría, siguen siendo confusos e inciertos. Pero, también es otra realidad que, si echamos la vista atrás, estamos algo mejor que hace un mes y que en el horizonte se empieza a ver algún que otro claro esperanzador. Quedan todavía muchas nubes, demasiadas sombras, pero, a pesar de todo, cada día amanece más temprano. No es poca cosa, la primavera sigue su curso y pronto tendrá que llegar el ansiado solsticio. Que Dios nos oiga.

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