Lo que el coronavirus nos enseña

La aldea global es más que una imagen, describe una realidad evidente. Somos una única comunidad, la del género humano

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Jesús Hernández Aristu

Actualizado el 20/04/2020 a las 06:00

No es que yo quiera reivindicar el viejo adagio de enseñanza escolar del que tanto uso se hizo en los años de mi infancia -“la letra con sangre entra”- para justificar castigos cercanos a la tortura como método de enseñanza. Lo que quiero es, sin pretensión de acertar ni excluir otras lecciones, mostrar algunas de las enseñanzas de este virus que nos tiene atenazados y recluidos como en una cárcel en nuestras viviendas.


• La primera de ellas es que la humanidad es una, única, global. Aquí no vale ya la división, ni la diferenciación en pueblos, naciones, regiones, comunidades, ni siquiera en clases sociales, por mucho que la reclusión se viva de distinta manera según la pertenencia. La aldea global es más que una imagen, describe una realidad evidente. Somos una única comunidad, la del género humano.


• La humanidad en su conjunto es vulnerable, débil, contingente y por tanto como especie (¿en extinción?) hay que cuidarla. Lo hemos vivido en las últimas catástrofes climáticas, y ahora en la salud. Durante mucho tiempo hemos pensado que las pestes, las hambrunas, la enfermedades incurables, las inundaciones devastadoras eran cosas del pasado o a lo sumo de algunos pueblos retrasados o en guerra. Pues no, todo eso está más próximo que lo que hemos creído, se ha convertido en realidad también ante nuestros ojos.


• El sálvese quien pueda (principio neoliberal radical) que ha dominado en la economía, en el mercado, en la competición sin límites en todas las esferas de la vida, en la política, en la vida social, por supuesto en el deporte, incluso en la vida privada, en la vida matrimonial y en la familia, se nos ha colado de rondón en las relaciones sociales, educativas, sanitarias y ha encontrado expresión en un lacónico “tú mismo/a”. Hemos considerado como correcto que cada uno se las valga como pueda, sin criterios comunes, sin recomendaciones de nadie, vivir autónomamente como ideal, sin injerencias de padres ni madres, sin obligaciones, más allá de lo que dicta la autoresponsabilidad. Pues no, nos necesitamos mucho más de lo que hemos pensado.


• La necesidad patente de superar el miedo al vínculo. Creímos que ser libres era dejar de lado compromisos duraderos, en el matrimonio, en las familias, en las amistades, en las empresas. Miedo a perder oportunidades y relaciones mejores. Después de la fase del coronavirus viviremos así. Así entiendo lo que está ocurriendo en balcones, hospitales, supermercados, servicios esenciales, etc. El vínculo nos hará libres y más fuertes.


Por último, quiero recordar la expresión de Guardini de que ciencia es con-ciencia, lo estamos viendo. Si logramos superar la pandemia a través de la investigación, el desarrollo de algún sistema de protección o de prevención deberá (imperativo ético-moral) ser accesible para todos, en cualquier parte del mundo en que cada cual viva. Se impone, a partir de ahora, el valor máximo de la solidaridad horizontal. Todos estamos en el mismo barco y por tanto el conocimiento solo es humano si es compartido, la riqueza solo es humana si está repartida, la economía solo es humana si nos permite participar a todos, la salud solo se genera en cuidados recíprocos.


El Papa Francisco en la entrevista realizada recientemente por Évole nos dio la última lección de la pandemia: “Dios perdona siempre, los humanos a veces, la naturaleza nunca”.

No le volvamos a dar una opción más al principio de “la letra con la sangre entra”.

 

Jesús Hernández Aristu es sociólogo.

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