El huracán del coronavirus
La gran pregunta que flota en el ambiente es cuánto va a durar el coma y cuán profunda va a ser la recesión económica

Actualizado el 12/04/2020 a las 06:00
A los que nos ha tocado alguna vez vivir una larga noche de huracán, recordamos la angustia que se siente al no saber los daños que su paso destructor está causando en tu casa y sus alrededores. Después del huracán del virus, ¿qué país y qué economía nos espera? ¿Tendremos empleo? ¿Cuántos establecimientos, cuantas fábricas tendrán la capacidad de reabrir? ¿Están los gobiernos haciendo lo que deben hacer?
A estas alturas, sabemos que la crisis sanitaria desatada por el coronavirus tiene una potencia letal similar a la de la gran pandemia de 1918, la mal llamada gripe “española”, en la que murieron 40 millones de personas, un 2% de la población mundial. La recesión económica posterior se extendió por una década y creó el caldo de cultivo de los revanchismos nacionalistas y, finalmente, de la Segunda Guerra Mundial. Afortunadamente, el avance de la medicina y la capacidad de adoptar rápidamente medidas de contención social nos alejan hoy de ese escenario extremo de muertes. Pero necesitamos que también en lo económico hayamos desarrollado similar capacidad de reacción.
No fue sino hasta que Franklin D. Roosevelt asumió la presidencia de los Estados Unidos en 1933 y puso en marcha el New Deal -un paquete de medidas antirrecesivas y de estímulo económico-, cuando la economía mundial empezó a salir del largo túnel. Fueron estas lecciones aprendidas las que Estados Unidos aplicó en la crisis de 2008 y le permitieron salir de la recesión en poco más de un año. Lamentablemente, Europa no aprendió la lección y tardó casi cinco años en levantar cabeza, al extremo de que a punto estuvo de naufragar el euro en 2012. ¿La habrá aprendido en 2020?
Las medidas de distanciamiento social han colocado a la economía en un estado de “coma inducido”. La gran pregunta que flota en el ambiente es cuánto va a durar el coma y cuán profunda va a ser la recesión económica. La gravedad de la recesión, en primer lugar, está en función directa a la severidad de las políticas de contención o distanciamiento social, ya sea porque el gobierno suspende determinadas actividades que implican contacto entre personas o porque la gente prefiere aislarse por miedo al contagio. En segundo lugar, la magnitud de la recesión dependerá del tiempo que duren las medidas. Semana que pase un país bajo cuarentena, nuevos empleos que se pierden, nuevas capacidades productivas que salen del circuito económico.
El efecto recesivo del distanciamiento social sucede en círculos concéntricos, afectando inicialmente a un primer grupo de actividades no esenciales y trasladándose luego hacia actividades más nucleares. Inclusive dentro de una empresa afectada por las primeras oleadas de restricción de actividad, los dueños intentarán preservar su viabilidad futura manteniendo al personal esencial en la esperanza de que la reapertura suceda pronto, hasta que el paso de las semanas hace que no sea sostenible mantener ni siquiera ese personal esencial.
El que la recesión se esté reproduciendo simultáneamente en el doble frente de la demanda y la oferta, la hace más destructiva. La demanda se derrumba porque, primero, cae el poder adquisitivo de los trabajadores despedidos y, segundo, porque desaparece la confianza de los consumidores, los cuales se inhiben de comprar ante la incertidumbre general. Y la oferta cae simplemente porque las fábricas o los establecimientos de servicios cierran, unos por orden de la Administración y otros obligados por la interrupción de las cadenas de suministros o por la baja demanda. Ambas caras de la moneda -demanda y oferta- se potencian y retroalimentan mutuamente.
La puntilla que remata a las empresas y consumidores en épocas de recesión es el cierre del crédito bancario. Los bancos dejan de prestar o exigen devolución de créditos ante la perspectiva de una crisis que puede hacer inviable una empresa o insolvente un consumidor. Ni siquiera los bancos se prestan entre sí, porque no saben qué tan afectadas están sus cuentas por cobrar o cuánto se ha deteriorado su balance -su cartera de inversiones- por el derrumbe del mercado de valores. La desconfianza generalizada termina extendiéndose hacia el Estado, porque la caída de la recaudación de impuestos y la inmensa carga de prestaciones sociales de desempleo y salud afectarán gravemente la capacidad de la Administración de pagar sus obligaciones y también su capacidad de emitir nueva deuda a una tasa de interés razonable.
Ya están empezando a conocerse datos de la caída de actividad económica en el mundo, los cuales demuestran que está sucediendo a velocidad vertiginosa. En China la actividad económica en las zonas afectadas cayó un 40% en el primer trimestre de 2020. En Estados Unidos, solamente en la semana finalizada el 28 de marzo, apenas comenzando las medidas de distanciamiento social, 10 millones de estadounidenses se han acogido al paro. Se prevé que 14 millones de trabajadores adicionales hayan perdido su empleo a comienzos de junio, llevando la tasa de desempleo de 3.5% hasta 15%. Goldman Sachs estima que el PIB estadounidense caiga un 24% en el segundo trimestre de este año. En España, la caída del PIB del segundo trimestre se estima en 14%… Son verdaderamente inéditas estas cifras de deterioro al inicio de una recesión. Pero la buena noticia es que también están siendo inéditas las medidas que están adoptando los gobiernos.
Miguel Ignacio Purroy. Economista, politólogo