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Opinión
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El virus de la influencia social

Tenemos un caldo de cultivo perfecto para que el virus de la ansiedad social se contagie mucho más que el propio coronavirus covid-19

Luis Ángel Díaz.
Luis Ángel Díaz.
  • Luis Ángel Díaz
Actualizada 29/03/2020 a las 06:00

Hace casi 70 años, Solomon Asch -uno de los grandes investigadores de la Psicología social- ya decía que un individuo puede emitir una respuesta diferente a la que emitiría por sí mismo si no estuviera bajo el influjo del entorno social y a favor de la opinión mayoritaria incluso en el caso de que el error de la mayoría fuera evidente para el individuo. Asch (1952) concluía en su famoso experimento acerca de la influencia social que las personas están sometidas a la presión social del grupo mayoritario y que esa forma de procesamiento individual se ve secuestrada por el pensamiento mayoritario por erróneo o absurdo que este sea hasta en el 30% de los casos. Una especie de descripción científica del cuento del rey desnudo.


Parece que en estos 70 años de diferencia respecto al experimento de Asch, poco hemos evolucionado. Las respuestas de acaparamiento masivo de alimentos, de medicinas y mascarillas; el uso de servicios médicos inapropiados o la reducción de interacciones sociales y aislamiento excesivo de individuos de no riesgo se repiten una vez más aunque, todo hay que decirlo, por ahora en unos porcentajes limitados.


Hay que decir que a estas respuestas de conformismo social y de pensamiento irracional, contribuyen algunos factores ambientales que son necesarios tener en cuenta para no criticar de forma gratuita a esa parte de la ciudadanía que se ve arrastrada a ese tipo de comportamiento.


Siguiendo con las teorías sobre el conformismo (para que vean que seguimos un patrón de conducta universal y nada novedoso) uno de los factores que más inciden en este tipo de comportamientos es la incertidumbre social. Cuando la situación resulta ambigua, compleja, novedosa o sin normas claras de actuación, el individuo siente una tendencia desmedida por aceptar el comportamiento mayoritario puesto que su juicio personal es considerado por sí mismo como incompetente. Efectivamente esta crisis del coronavirus es una situación altamente incierta, empezando porque poco se sabía de este virus a nivel sanitario hace apenas seis meses y aún hoy existen dudas sobre su naturaleza.


Pero al hablar de incertidumbre social hay que señalar la influencia de la información recibida por la población. Sin ánimo de ser hiriente con la profesión periodística -puesto que existen excelentes ejemplos de comunicación seria y profesional-, existen a día de hoy tantas informaciones objetivas y basadas en informes médicos como opiniones subjetivas y alarmistas. El uso de titulares que a veces no reflejan la totalidad de la noticia, el uso de imágenes o sonidos que estimulan la parte emotiva e irracional y no la intelectiva del receptor del mensaje, mezclados con mensajes objetivos, técnicos y profesionales pueden llegar a generar una sensación de sobreinformación y de saturación intelectual que no colaboran con la disminución de la incertidumbre social. Y en algunos casos, y también hay que decirlo, pueden llegar a generar angustia y ser fuente de síntomas de hipocondríasis en algunas personas con especial vulnerabilidad psicológica. No comentaré la producción de “fake news” y “memes” por ser responsabilidad de individuos y no tanto de organizaciones reconocidas, aunque sus efectos pueden ser también perniciosos e influyentes, aunque en menor medida que los anteriores.


Si a esta incertidumbre real sumamos la sugestión e imitación de nuestros iguales que también nos afecta por vivir en colectividad y en interacción constante con las redes sociales, tenemos un caldo de cultivo perfecto para que el virus de la ansiedad social se contagie mucho más que el propio coronavirus covid-19.


La incertidumbre no solo puede llevar a una actitud ansiosa, hipervigilante o compulsiva de una parte de la población, sino que, en el otro extremo, las autoridades sanitarias, en su esfuerzo por informar de forma objetiva y equilibrada, pueden encontrar su labor poco efectiva ante otro grupo social muy polarizado y desafiante, de actitud escéptica y poca colaborativa respecto a las medidas preventivas con base científica.


Por ello es necesario un acto de responsabilidad de todos: de las instituciones y autoridades públicas por tomar las medidas de acción y de prevención necesarias con base en criterios científicos; de los medios de comunicación por transmitir la información estrictamente necesaria para el fin común (la contención del virus y el bienestar social); y de la población por consultar y seleccionar la información adecuada y adaptar sus conductas preventivas según dictan los comités de expertos.


De esta forma, la crisis del coronavirus -real, actual y, en su justa medida, peligrosa- se superará como tantas otras veces la humanidad ha conseguido afrontar otros retos: con serenidad, con criterio objetivo y con un espíritu solidario y de grupo que no olvida a las personas más vulnerables en lo físico, en lo económico y en lo emocional.


Luis Ángel Díaz Robredo. Doctor en Psicología y profesor asociado de la Facultad de Educación y Psicología de la Universidad de Navarra


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