Retaguardia

Actualizado el 28/03/2020 a las 06:00
Vaya, pues, un aplauso para los graciosos. Pero un aplauso breve, de cortesía, nada comparable a las otras ovaciones atronadoras del atardecer, las dedicadas a los combatientes en el frente. Se agradecen todas esas iniciativas que nos obsequian con pasatiempos y bromas, los vídeos de cocina y las tablas de gimnasia en el pasillo, los recitales de acordeón en la terraza y las partidas de bingo de balcón a balcón, pero de ahí a llamar héroe a un saxofonista porque ameniza al vecindario con las notas de Paquito el chocolatero va un trecho. Cuando el tormento acabe y alguien recopile los productos recreativos gestados en el tiempo de paréntesis podremos saber a qué altura voló el ingenio popular y también qué grado de basura ha sido capaz de producir nuestro aislamiento. Algunos sostienen que este costumbrismo de retaguardia es una buena forma de enfrentarse al virus en la medida que ofrece una vía de escape a la incertidumbre y sus angustias. Habrá que agradecer a las tecnologías de la comunicación que lo hayan hecho posible.
Pero hemos de ser conscientes de que lo que las actuaciones musicales espontáneas, los memes divertidos y las videollamadas en grupo vienen a combatir no es el virus, sino el bostezo. Sirven para conjurar no la epidemia, sino el más indoloro de sus efectos colaterales que es la reclusión prolongada. Un privilegio si se lo compara con la verdadera calamidad, la que avanza implacable en los servicios de urgencia y sacude sin tregua las residencias de ancianos. En las guerras ha habido siempre una retaguardia donde los niños jugaban ajenos a las matanzas y la alta sociedad seguía apostando a la ruleta en los casinos. En la Toscana del siglo XIV Boccaccio imaginó a un grupo de jóvenes que huyendo de la peste negra se refugiaron en una villa a las afueras de Florencia. De aquella huida nació el Decamerón, una de las joyas de la literatura universal. No creo que nuestras operaciones de fuga de estos días vayan a dejar para la posteridad ninguna experiencia artística sublime, aunque quién sabe. No es esa su función. Como tampoco lo es hacer que nos creamos soldados en primera línea de fuego, sino simplemente mantenernos entretenidos lejos del horror. Que no es poco.