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Opinión
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El asesino anda suelto

Da la impresión de que en otros países miran a los españoles como a los italianos, con recelo y sospecha

Gabriel Asenjo Bayona
Gabriel Asenjo Bayona
  • Gabriel Asenjo
Actualizada 16/03/2020 a las 06:00

Me pregunto qué cara pondría Howard Carter, el descubridor de la tumba de Tutankhamon, un tipo que solía vestir de traje y corbata por el desierto, ante el espectáculo de miles de turistas orientales y occidentales disfrazados de exploradores, con teléfono móvil y mascarilla antivirus, fotografiando contra reloj las tumbas de los faraones. O la cara de espanto que se le hubiera quedado un día como el pasado lunes, en el puerto de Luxor, no lejos del Valle de los Reyes, justo frente al Winter Palace, el hotel donde Agatha Christie se inspiró para escribir Muerte en el Nilo.


La escena se resume en una mañana de cierre de hoteles y barcos para efectuar controles de coronavirus, cuando un grupo de turistas españoles, recién llegados a Egipto, se negaba a subir a uno de los cientos de barcos que navegan por el río entre templos, cultivos y velas de chalucas. Cárter hubiera arqueado las cejas ante la presencia de sanitarios enmascarados y enfundados en trajes amarillos perforando narices para extraer muestras mucosas a los turistas, algo que no animó precisamente a embarcar al grupo de españoles. Tanto Carter como Christie habrían adivinado que los coronavirus son hoy como los nuevos escorpiones del desierto: mezcla de muerte y leyenda.


- ¡Que tenés menos peligro en Egipto que en el metro de Madrid!, se escuchó la voz de un argentino desde la proa. Y acaso no le falte razón. En este Egipto colosal, gigantesco y faraónico, navegar por el Nilo, bucear en el Mar Rojo o salir con chichones después descender agachado por los túneles de las tumbas, entraña un riesgo similar al de bajar a los túneles del metro o tomar un autobús en Europa. Así lo debieron entender los turistas alemanes y británicos, estoicos, tostándose un lunes al sol en las cubiertas de una docena de barcos atracados en el puerto. Y es que, aparentemente, a tenor de la extensión actual del coronavirus, de momento resulta más arriesgado para la salud atravesar una calle en el descomunal tráfico de El Cairo entre bocinas y el trote de burritos tirando de un carro, o bien la contaminación de una ciudad de más de 20 millones, y hasta los cocodrilos del Nilo confinados ahora en el lago Naser.


El sol calienta y, al final, la mayoría de españoles sube a los barcos. Conocen que a 20 km del puerto permanece un barco semivacío en cuarentena. Al medio día se abren los templos, barcos y hoteles y los porteadores de alimentos con 70, 80, 90 kilos a la espalda llenan la despensa de las bodegas. Llama a oración la mezquita. La paz vuelve al Nilo. De momento. Agatha Christie hubiera escrito que el asesino anda suelto. Millones de asesinos sueltos por medio mundo.


Días más tarde, de regreso a España, da la impresión de que en otros países miran a los españoles como a los italianos, con recelo y sospecha. Más cuando uno llega a Barajas y no observa controles de temperatura. Es como el estudiante al que antes del examen le soplan las preguntas del coronavirus, pero a la hora de la verdad, falla.

 

Gabriel Asenjo. Periodista


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