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OPINIÓN

Es la hora de la higiene

Las manifestaciones amistosas y familiares y los saludos interpersonales son los que difunden la enfermedad principalmente, o frecuentar aglomeraciones

Avatar del undefined José Javier Viñez13/03/2020
La nueva enfermedad respiratoria por coronavirus es similar a la gripe en su transmisión por el aire y su difusión global (pandemia), pero menos virulenta que la gripe. Se contagia de manera similar y se “socializará” o se extinguirá de la misma manera. ¿Por qué hay tanta inquietud mundial entonces? Por la novedad y por las reacciones temerosas a lo desconocido, según la información o desinformación; y, sobre todo, depende del grado de veracidad, transparencia y confianza en las autoridades sanitarias. Y en este aspecto, estamos constatando, hasta el momento, la adecuada, moderada y proporcional actuación del Ministerio de Sanidad, y en nuestro caso, del Departamento de Salud e Instituto de Salud Pública que están dando ejemplo de mesura, tranquilidad, profesionalidad, transparencia y veracidad. Dejadles trabajar. Las decisiones inapropiadas y desmesuradas de los políticos o empresas y las indisciplinadas de ciudadanos son más perjudiciales que la enfermedad.
El coronavirus, habitual en los catarros comunes y banales, era un enemigo olvidado y minusvalorado hasta la aparición de este nuevo coronavirus de origen animal. No se sabe todavía todas su comportamiento en los humanos, sobre todo su periodo de transmisibilidad para acertar en los periodos de aislamiento, ni de su comportamiento epidémico, ni se dispone de vacuna que pueda llegar a la población desprotegida; pero lo que sí se sabe es cómo se trasmite: igual que los otros virus y bacterias respiratorias; desde la viruela al sarampión, la gripe o la tuberculosis, la varicela o la paperas: a través de las gotas salivares, los aerosoles visibles e invisibles, microscópicos, que lanzan los enfermos al toser y sobre todo al estornudar. De otro modo: nos contagiamos en nuestras relaciones familiares y amistosas en proximidad con los enfermos y sanos infectados, conocidos como portadores sanos. Estas gotículas y aerosoles expulsados pueden manchar y ensuciar manos y pasarlo así a otras personas que se vuelven a infectar por la nariz y ojos. Los contactos personales con los infectados van difundiendo la enfermedad. Las toses y estornudos de los enfermos difunden los virus.
El reto de estas enfermedades respiratorias es que no se puede desinfectar el aire ni tampoco en los locales cerrados salvo puntos científicos muy exclusivos. No se pueden poner puertas al campo, por lo que los higienistas desde el siglo XIX se opusieron a los lazaretos, a las cuarentenas, a la limitación de la movilidad y del comercio, al cierre de escuelas o instituciones de manera genérica e indiscriminada; y ahora también. La solución de parar el contagio no es responsabilidad de los médicos o enfermeras ni del sistema sanitario, ni de las mascarillas, sino de nosotros mismos, de cada uno con nuestra higiene personal, nuestra educación sanitaria y nuestro comportamiento social y y relaciones. Las manifestaciones amistosas y familiares y los saludos interpersonales son los que difunden la enfermedad principalmente, o el frecuentar sitios cerrados poco saneados con aglomeraciones. Mantener una distancia adecuada en las relaciones familiares y amistades, taparse la boca y nariz al toser y estornudar con un pañuelo de tela o de único uso de papel, y lavarse las manos es la única y mejor medida de contención y prevención individual que podemos hacer como responsabilidad de cada uno. Es la hora de la higiene personal, en poner en práctica la educación social y sanitaria recibida para controlar la enfermedad aunque no tenga virulencia ni letalidad. Y el sistema sanitario, los centros de salud, los hospitales, el personal sanitario harán el resto, que no lo principal, para contener la epidemia.
¿Y la higiene pública? La sanidad española dispone de un potente sistema asistencial pero su Sistema de Salud Pública está cada vez mas preterido. Las políticas sanitarias en tiempo de bonanza epidémica relegan a los servicios de higiene pública con escasos efectivos. Los ayuntamientos eluden sus competencias y responsabilidades que las encajan a los gobiernos autonómicos. Sus vacantes se amortizan o se transforman. Las administraciones a quienes corresponde la higiene pública cada vez minoran su importancia, sus dotaciones y su espacio. La higiene pública es un subsistema sanitario que en España es escaso; solamente está presente en el Instituto de Salud Nacional Carlos III, gracias a él el ministerio mantiene un cierto orden y disciplina científica, con acierto. Mientras los políticos no suplanten a los técnicos y en las autonomías no surjan los aprendices de brujo. También Navarra dispone del Instituto de Salud Publica como centro especializado que reúne un grupo de expertos preventivistas muy cualificados. La eficacia de la higiene publica depende de las dotaciones estables y decisiones cotidianas. Los servicios sanitarios asistenciales están absorbidos y superados cada día por la asistencia a los enfermos y las listas de espera. Se pensó que los centros de salud serían la panacea de la salud comunitaria pero el agobio asistencial de enfermedades crónicas los ha condicionado.
Es la hora de la higiene personal, pero también de la higiene pública; de recuperar y potenciar una asistencia comunitaria, los servicios de epidemiología, de inspección sanitaria, y de educación sanitaria; del trabajo cotidiano sobre grupos sociales, escolares, trabajadores, ancianos, jóvenes y grupos de riesgo para tener una población protegida y formada y con confianza ante situaciones excepcionales. La imagen de la sanidad es también la de su higiene pública.

José Javier Viñes Rueda, profesor Titular de Medicina Preventiva y Salud Pública. Ha sido Director General de Salud Pública/Ministerio de Sanidad
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