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OPINIÓN

La vida no sigue igual

Avatar del undefined Manuel Pulido12/03/2020
¿Seguirá la vida, nuestra vida, igual tras el coronavirus? Es una incertidumbre. Todos esperamos que como pasó con la gripe aviar, o con la crisis de las vacas locas de 1996 (¿recuerdan la encefalitis espongiforme, la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob?), todo sea un mal pasajero y que las cosas vuelvan a su ser, tras salirse de madre.
No hace falta que transcurra mucho más, para darnos cuenta que esta aldea global puede ser letal. Si China se resfría con coronavirus, Europa, América, Asia y Oceanía (de África tenemos pocas noticias y, en cualquier caso, no serán buenas), se estornuda con casos de muerte y de contaminación viral.
Podemos discutir si la OMS exagera, si Italia se equivoca o si Sánchez no toma medidas o si las que toma, son adecuadas. Pero una cosa es cierta, esta crisis sanitaria muestra la fragilidad del mundo actual, incapaz de superar una crisis sanitaria por importante que sea, sin padecer un ataque de ansiedad total, por el miedo a perder nuestro bienestar y el de nuestros hijos. También porque influidos por el modelo anglosajón, todo gira en torno al vil metal, el gran becerro de oro de nuestro tiempo.
Los humanos buscamos siempre referentes históricos para poder sacar consecuencias, sea la gripe española (1917) o la peste del medievo, aunque la gripe llamada española, de española solo tuvo el lugar donde se supo de su existencia porque España era un país neutral en la primera Gran Guerra, pero sirve para que nuestros prohombres saquen pecho de nuestro extraordinario sistema de salud, venido en los últimos tiempos a menos, siendo con todo mucho mejor, que el de hace treinta años, o de otros países, aunque aquí siempre tendamos a exagerar para bien o para mal.
El coronavirus ha puesto en jaque a las instituciones mundiales, a las grandes compañías de todo color y a las bolsas importantes del planeta, pues ya se sabe que el dinero es cobarde y huye de cualquier riesgo no controlable, pero también que los buitres financieros olisquean el negocio para luego enriquecerse más y más. Aquí algún mecanismo de contención podría ensayarse para no caer en el abismo. La gran duda es si ante una crisis económica promovida por el pánico de producción, habrá una respuesta global de los grandes del planeta o si cada uno se las arreglará como pueda. Mala suerte para los pablistas y compañía si tienen que enfrentarse a una crisis de desempleo y de falta liquidez con sus recetas simples y con las tonterías del “sí es sí” o del “no es no”, que Santa Bárbara los coja confesados y bien precavidos.
Cada época tiene sus cuitas. La nuestra ha sido, en general, salvo la crisis de la burbuja financiera (2008-2015), un tiempo de bienestar y progreso. Lo que se avecina no se sabe, pero tampoco debe tenderse al pesimismo porque de la melancolía y del pesimismo solo salen malas soluciones.
Como toda crisis se suele salir escarmentado o fortalecido. Si no dura mucho en el tiempo, será pasajera, aunque el 2020 sea ya un mal año en lo sanitario, en lo económico y en las relaciones humanas, como algunos episodios de acaparamiento de víveres, mascarillas y otros bienes, acreditan. Si dura más de lo previsto, nadie sabe cuáles serán sus consecuencias, si bien estar en el club europeo, siempre constituirá una garantía de seguridad. Un mundo globalizado necesita soluciones globales, tanto en lo institucional como en lo sanitario o en lo económico y en este punto o estadio del desarrollo histórico, esto no existe hoy, aunque la ocasión lo propicie.
Ojalá la vida no siga igual, sino que tras esta crisis inesperada, se fortalezcan los mecanismos de sostenibilidad de nuestra aldea global, porque el recuerdo de los felices años 20 del siglo pasado no nos traigan buenos presagios. Suerte a los que gestionan esta crisis y a los que nos toca vivirla.
Manuel Pulido Quecedo, doctor en Derecho Constitucional
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