Grito

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User Admin

Actualizado el 16/11/2019 a las 06:00

En la noche electoral sonó el grito de “a por ellos” coreado por los seguidores de una formación ultraderechista en alza. No era un grito cualquiera destinado a pasar inadvertido entre las voces de euforia propiciadas por la ocasión. Hay tópicos desgastados que no merece la pena tomar al pie de la letra, pero hay otros portadores de peligro y amenaza a los que sería de insensatos hacer oídos sordos, y este es uno de ellos. Fuera del ámbito deportivo, donde sirve de inocente espoleta del entusiasmo previo al partido, al estilo de las ‘hakas’ del rugby neozelandés y otros simulacros de guerra indolora semejantes, el grito de “a por ellos” trae a la memoria los escraches, los linchamientos, las cacerías en las que el hombre hace el papel de presa y los monteros galopan en su busca con determinación ciega. ¿Quiénes eran esos “ellos” a cuya caza llamaban los enardecidos hooligans? Si la sola invitación a perseguir humanos da escalofríos, mayor miedo produce no saber contra quiénes en concreto apunta la llamada. Llegados a este punto es inevitable recordar el poema del pastor luterano Martin Niemöller, ya saben: aquel que dice que primero vinieron a buscar a los comunistas, luego a los socialdemócratas, luego a los sindicalistas y a los judíos y él no abrió la boca, pero finalmente vinieron a por él y entonces ya era tarde para pedir auxilio. No hace falta explorar en la sombría mollera de los vociferantes para suponer a quiénes consideran merecedores de persecución: a todos los que no piensen como ellos. Las mentalidades excluyentes son propensas a trazar alegremente líneas separadoras que cumplen la doble función de cosificar a los ajenos y de reforzar la identidad de los propios. A partir de ahí todo es tan sencillo como inquietante, pues la acción consiste en agudizar las disyuntivas hasta llegar a la que, con letra distinta pero idéntica música, hemos podido oír estos días: “independencia o barbarie”. “A por ellos” es el eslogan de la barbarie, por más que se le quiera dulcificar añadiéndole ese “oé” que podría ser festivo si no estuviera cargado de insultante arrogancia.

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