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Opinión
Educación

Educar entre dos | Amaia y Alfred: no siempre se gana

Amaia y Alfred, durante su actuación en la gala final de Eurovisión.
Amaia y Alfred, durante su actuación en la gala final de Eurovisión.
REUTERS/Pedro Nunes
  • Pilar Guembe / Carlos Goñi
Actualizada 15/05/2018 a las 20:20

Llegó la gran noche, y también la gran frustración. Todos esperábamos que Amaia y Alfred obtuvieran un puesto mucho mejor que el que les otorgaron las votaciones. El éxito esperado (y deseado) se tornó en fracaso. Miles de jóvenes, que se veían reflejados en esos dos cantantes, jóvenes e ilusionados como ellos, sintieron la derrota casi en primera persona. Durante meses habían vivido un sueño que en unas horas se convirtió en una gran decepción, porque, como es su costumbre, la realidad acaba imponiéndose.

Los sueños, las ilusiones, nos tiran para arriba, como el viento que eleva las cometas; la realidad, por el contrario, nos ata al suelo, como el hilo que sujetamos con las manos. Sin viento no volarían las cometas, pero sin un hilo que las amarrara, tampoco: se perderían en lo alto y acabarían colgadas de la copa de algún árbol o destrozadas en algún tejado lejano. Del mismo modo, sin tomar impulso del suelo ningún avión podría despegar. Sin contar con la realidad nuestros sueños, personales o compartimos, serían quimeras, globos aerostáticos a la deriva, imposibles de gobernar.

Abandonar el suelo durante mucho tiempo puede resultar peligroso. Hay que volver a la tierra para coger impulso, para volver a saltar. Eso, traducido a la vida personal y a la educación de nuestros hijos, significa que tenemos que contar con los fracasos y las frustraciones más que con los éxitos. Estos últimos nos mantienen en el aire, nos hacen sentirnos livianos, plenos, volátiles, pero también nos alejan de la realidad; los primeros, en cambio, los fracasos, las frustraciones, las derrotas, las decepciones, nos ponen en contacto con el mundo real.

Los fiascos, los intentos malogrados, las metas no alcanzadas, las pequeñas o grandes frustraciones, las inevitables decepciones y desengaños, nos han de servir como las piedras que arrojamos a la corriente para cruzar a la otra orilla pisando sobre ellas. No los tenemos que rechazar, sino asumirlos y saber colocarlos de tal manera que nos permitan echar el pie y cruzar la riada.

Sobre el éxito se flota; sobre los fracasos se hace pie. Si nunca fracasáramos nunca tendríamos éxito, no creceríamos, no podríamos crecer, porque no nos podemos levantar sobre lo que no tiene solidez.

Debemos enseñar estas cosas a nuestros hijos: a hilvanar sueños y realidad, imaginación y razón, corazón y cabeza, ideales y frustraciones. El hilo no zurce la tela sin punzarla con la aguja, tampoco nuestros hijos pueden crecer sin pincharse con las mil y una pequeñas, y no tan pequeñas, frustraciones que les deparará la vida.

El fracaso de sus ídolos en Eurovisión (porque hay que llamarlo por su nombre) les debe enseñar a aceptar que las expectativas no siempre se cumplen, y que si eso ocurre no hay por qué tirarlo todo por la borda, sino seguir luchando; que no hay camino sin baches, ni rosas sin espinas; que no siempre se gana. El escritor portugués José Saramago decía que “la derrota tiene algo positivo: nunca es definitiva; en cambio, la victoria tiene algo negativo: jamás es definitiva”.

Educar no significa ir quitando obstáculos, sino enseñar a superarlos. No debemos, por tanto, engañar a nuestros hijos inventando excusas u ocultando la realidad (otra cosa es dar razones y motivos). A veces se gana, a veces se pierde. Es ley de vida. No hay nada peor que disimular el fracaso, porque le quitamos la oportunidad de convertirse en un escalón firme hacia el éxito futuro.


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