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Vuelve, Puigdemont, amor mío

Isabel González

Isabel González

Actualizada 16/02/2018 a las 12:27
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Amo a Puigdemont. Puigdemont es el caos, la sorpresa, el sinvivir. No puedo pensar en otra cosa. Cada mañana, cuando la luz del alba clarea las paredes del dormitorio, abro los ojos y pienso si ya habrá vuelto como se piensa en un hijo que se fue de marcha el viernes y estamos en domingo. Me levanto somnolienta, abro la puerta de su cuarto y Puigdemont aún está fuera. Suspiro. Su cama sin hacer todavía alberga ese olor a desodorante y adrenalina de los que se marcharon con prisa; los póster de 'Guns N'Roses' decoran su cuarto y me enternece recordarlo en su juventud; en el tablón de corcho, pegadas con chinchetas, las fotos del grupo de rock que formó en la parroquia y que amenizaba la fiestas de la tercera edad. 'Zènit' se llamaba la banda. Así. Con tilde cañera en la 'e'. Le tocó hacer de bajista en vez de guitarra, que era lo suyo, y estuvo muy triste unos días. Sufrió en silencio y quizás, ahí se forjó su carácter. Nunca volvería a ser el bajista. Nunca. Él era un guitarra de punteos prodigiosos. Él era grande. Enorme. Un poco díscolo, cierto, pero hábil y tenaz. Fíjense si no, sobre la alfombra, cómo convirtió sus muñecos de 'Playmobil' en castellers; las horas que pasó de niño colocándolos en equilibrio. La torre se venía abajo una y otra vez, una y otra vez. “Déjalo ya —le decía yo—. Ponte a otra cosa”. Pero él, no. Él, erre que erre, hasta que al final, lo consiguió. “Ah, hijo mío, qué ganas de echarte colonia en el pelo y peinarte con raya a un lado. Sé buen chico, mi chico. Por favor”. Cierro la puerta de su habitación con cuidado para que el aire no derribe su castell. Su castillo. ¿No es curioso que Catalunya sea un topónimo tan parecido a Castilla? Dos reinos enfrentados: Castilla contra Castilla. Todos somos hermanos, maldita sea, aunque como hijo… Como hijo, solo uno: Puigdemont. Lo cuenta la 'Parábola del hijo pródigo'. Que el crío pequeño se fue de casa con la herencia, la dilapidó, cuidó cerdos, se cansó de cuidar cerdos, regresó y su padre se alegró tanto de verlo que lo abrazó e hizo una fiesta. Yo, la verdad, solía estar más de parte del hijo mayor, que se enfurruñó porque él estuvo siempre ahí y su padre nunca le hizo un fiestón. Ahora, sin embargo, lo comprendo mejor. Esta historia no habla del hijo necio sino del padre amoroso. ¡Y yo soy tu madre amorosa, Puigdemont! Vuelve y te prepararé unos calçots con salsa romesco de primero y un novillo cebado de segundo. No solo de cebollas vive el hombre, amor mío. Ni de música celestial. Te estoy llamando por teléfono y suena tu canción en tu móvil. 'Knockin' on heaven's door', la versión de 'Guns N'Roses':

Mama, take this badge from me
I can't use it anymore
It's gettin' dark, too dark to see
Feels like I'm knockin' on heaven's door.
Knock, knock, knockin' on heaven's door
knock, knock, knockin' on heaven's door

Mamá, quítame esta insignia
No la puedo usar más
Está oscureciendo mucho, demasiado para poder ver
Siento como si estuviese tocando la puerta del cielo
Tocando la puerta del cielo
Tocando la puerta del cielo

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