Bienvenido, Mister Trump

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User Admin

Actualizado el 16/02/2017 a las 17:27

Entre Estados Unidos y España hay una diferencia geográfica de unos 7.500 kilómetros de centro a centro, otra temporal de entre cuatro y doce horas según dónde se mire el reloj, y otra de actitud para la que Gayle McCormick y Mariano Rajoy sirven como extremos.

Probablemente la mayoría no conozca a McCormick y sí a Rajoy, que ella es una vecina de Washington de 73 años y él un gallego de 61, ella una jubilada que trabajó como guarda en una cárcel californiana y él un activo que sobrevive al frente del Gobierno de este país. Pero McCormick es, por encima de todo, una mujer que ha puesto fin a más de veinte años de matrimonio porque su marido barajó votar a Donald Trump. Y Rajoy es quien se acaba de ofrecer al grotesco nuevo presidente estadounidense para ser su interlocutor con Europa, América Latina, el norte de África y Oriente Medio.

Quince minutos brutos de llamada telefónica, netos de conversación algunos menos porque hay que descontar el tiempo invertido por los traductores, le han bastado al popular para enlazarse con Trump. Una comida con amigos, en la que su esposo mencionó que estaba planeando apoyar al susodicho en las urnas, le resultó más que suficiente a la exfuncionaria de prisiones para decretar que se acabó. “No podía creer que alguien con quien me casé pudiera votar a una persona con unos principios tan pobres en términos de libertades civiles, sus sentimientos por las mujeres y cómo trata a la gente en general”, ha justificado McCormick. Al cónyuge en cuestión, llamado Bill, no le ha salvado ni que se echó atrás el día de los comicios. Su arrepentimiento le deja a la altura de quien ante la pregunta “¿me has sido infiel?” alega que “sí, cariño, pero sólo con la imaginación”. Pobre Bill. Recta Gayle. Pensaron casarse hasta que la muerte les separara y la muerte para ellos se ha materializado en un magnate caricaturesco metido a líder mundial.

Su “interlocutor”. Lo calificó el propio comunicado emitido por Moncloa después del diálogo de Mariano Rajoy y Donald Trump. Una Moncloa que informó de lo que quiso, un puñado de generalidades en la línea de que el español le transmitió al norteamericano su convicción de que la integración europea va a avanzar pese al Brexit, y ocultó la incomodidad de que el sucesor de Obama reclamó que España aumente su gasto en defensa para aliviar que Estados Unidos financia la OTAN casi en exclusiva. Cuando decisiones de Trump como levantar un muro que le blinde de México o prohibir la entrada a Estados Unidos de ciudadanos musulmanes requieren una respuesta de recriminación que sí han verbalizado con contundencia mandamases de distintos países, Rajoy se presta a hacerle favores de cara a sus relaciones con otros. Trump no necesita un interlocutor con Europa, América Latina, el norte de África y Oriente Medio, sino un lacayo que vierta agua sobre los incendios que se le auguran como buen pirómano. Y ahí parece que va a estar España, retrotraída a las cercanías de Bienvenido, Mister Marshall con su celo diplomático. Americano rubio platino, te recibimos con alegría. Olé mi madre, olé mi suegra y olé mi tía.

Nos diferencian kilómetros, horas, Gayle McCormick , Mariano Rajoy y puede que algo más. En Estados Unidos se ha encuestado a 6.000 personas para calibrar cómo ha afectado el último resultado electoral en las vinculaciones interpersonales, hasta el punto de que un 16% ha dejado de hablarse con algún miembro de su familia, hasta un 22% entre los que optaron por Hilary Clinton, y un 13% ha dado por terminada una relación. Así que un voto tiene consecuencias. Mientras tanto, a los españoles se nos sondea sobre con qué políticos nos iríamos de cañas o a cuáles de ellos querríamos de jefes en el trabajo. Albert Rivera, Íñigo Errejón y un desempolvado Julio Anguita son las preferencias de los navarros respecto a lo segundo. Tamaña investigación. Así somos. Seguimos siendo.

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