Navarros globales

Una joven pamplonesa, bioquímica y doctoranda en Dinamarca

Amaia Huarte Llorens encara su segundo año de doctorado en Radioquímica en la Universidad de Copenhague y no descarta buscarse un trabajo en Dinamarca para cuando termine en 2027

Amaia posa junto a Nyhavn, un paseo marítimo que data del siglo XVII en Copenhague
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Amaia posa junto a Nyhavn, un paseo marítimo que data del siglo XVII en Copenhague
Amaia posa junto a Nyhavn, un paseo marítimo que data del siglo XVII en Copenhague

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Carlos Lipúzcoa

Actualizado el 12/10/2025 a las 23:21

Amaia Huarte Llorens (Pamplona, 1998) no le falta ambición profesional ni académica. Con dos grados por la Universidad de Navarra en Química y Bioquímica y un máster en Ciencias Farmacéuticas en la Universidad de Copenhague, encara ahora su segundo año de doctorado en Radioquímica en la Universidad Técnica de Dinamarca. Llegó al país escandinavo en agosto de 2022, poco antes de comenzar su máster, y no descarta quedarse a trabajar en alguna empresa nórdica cuando termine su doctorado en 2027.

Con una alta calidad de vida, un robusto estado de bienestar, muchas oportunidades profesionales y un concepto de vida ‘hygge’, que promueve el bienestar y la comodidad, Dinarmarca es un país con muchas armas para seducir a personas con talento. Se trata de una potente fuerza de atracción que, no obstante, se contrapone a otros sentimientos tan sólidos como el arraigo emocional con Navarra o la necesidad de estar cerca de la familia.

DNI

​Fecha y lugar de nacimiento: 2 de octubre de 1998 en Pamplona.

Hermanos: Un hermano (Álvaro), es 4 años y medio más pequeño.

Padres: Mari Jose Llorens Daroca, 57 años, economista, e Íñigo Huarte Huarte, 57 años, economista.

Estudios: Desde 1º de infantil hasta segundo de bachiller, en Carmelitas Vedruna en Pamplona. Grado en Química (2016-2020) y Grado en Bioquímica (2016-2022) en la Universidad de Navarra. Máster en Ciencias Farmacéuticas en la Universidad de Copenhague (KU) (2022-2024).

“Se hace duro ver que no estás en casa para momentos importantes con la familia y los amigos, que los tienes que ver a través de una videollamada. O aún peor, cuando hay problemas de salud y no puedes estar ahí con los tuyos”, explica, aunque añade que se fue a Dinamarca “siendo muy consciente” de que podía sentirse así.

El principal objetivo de Amaia Huarte es culminar su formación, para lo que le quedan dos años por delante, y aprovechar el tiempo para empaparse de la vida y la cultura danesa. El salario es uno de los alicientes para un estudiante de doctorado como ella, ya que se cobra “más del doble que en España”. “El coste de la vida en Copenhague es alto, pero el sueldo lo compensa y se puede ahorrar”, asegura.

A ello se suman otros atributos de los que puede presumir su país de acogida, como “la calidad de vida y la seguridad”, buenas infraestructuras, un sistema de salud que “funciona muy bien” o el “equilibrio entre trabajo y vida personal”.

El ámbito laboral, ya sea en una empresa privada, una entidad pública o el entorno académico, se caracteriza por estructuras muy horizontales en las que los empleados gozan de un alto grado de autonomía y confianza por parte de sus responsables. “Trabajan por objetivos. Si su jornada termina a las cinco, pero ya han terminado sus tareas a las cuatro y cuarto, no tienen ningún problema en irse antes que los compañeros y el jefe. Tampoco hacen horas extra normalmente”, afirma.

Eso sí, matiza que las cosas son un poco diferentes en investigación, ya que “muchas veces los experimentos exigen unos tiempos diferentes” como quedarse hasta las ocho de la tarde o trabajar en fin de semana. En cualquier caso, Amaia Huarte destaca que lo habitual en estos casos es “entrar más tarde al día siguiente”.

A LA VISTA DE TODOS

Otra gran diferencia en las costumbres entre España y Dinamarca está en la percepción de intimidad. Las ventanas “no tienen cortinas” ni en los pisos en bajos, un síntoma de confianza en sus conciudadanos y de la certeza de que “no tienen nada que esconder”. “Para nosotros es raro ir paseando y ver desde la calle a familias cenando o viendo la tele, pero ellos no se sienten observados porque nadie acostumbra mirarles”, señala. Se trata de un actitud que se traslada también a otros aspectos de la vida. Nadie es juzgado por su manera de vestir, su forma de ser o sus aficiones, según asegura Amaia Huarte.

No es lo único a lo que cuesta habituarse. Pasar dieciocho horas al día sin luz natural en diciembre se hace cuesta arriba para quienes vienen de países más sureños. “Lo más probable es que llegues y salgas del trabajo siendo de noche”, comenta resignada. Por el contrario, los meses estivales son particularmente largos y la oscuridad apenas dura “seis o siete horas”. “Nunca es noche cerrada. Por eso, en verano hay muchos planes y la gente está todo el día en la calle”, explica.

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