Opinión
Navarra: donde Europa comienza


Publicado el 19/09/2026 a las 05:00
Si miramos un mapa, vemos que Navarra no está en el centro de Europa. A simple vista, podríamos parecer una región periférica, pero Navarra es, sin duda, uno de esos lugares donde Europa se entiende mejor.
Durante siglos, los Pirineos han sido una frontera y, en ocasiones, un escenario de enfrentamientos. Hoy, afortunadamente, hace tiempo que dejamos atrás a Napoleón y sus tropas en Pamplona (y, según la tradición, aquella célebre batalla de bolas de nieve en la Ciudadela). La montaña sigue siendo una barrera física, pero ya no debería ser una frontera política, económica o cultural.
Este 2026 se celebra el 40.º aniversario de la entrada de España y, por tanto, de Navarra en la Unión Europea. También se han cumplido 10 años desde que se aprobó la entrada de Navarra en la Eurorregión, formada por nuestros vecinos de Nueva Aquitania y Euskadi. Este espacio de cooperación que conecta territorios a ambos lados de los Pirineos demuestra que Europa no solo se construye desde Bruselas.
Para Navarra, estas cuatro décadas en la Unión Europea y esta primera década en la Eurorregión no solo han supuesto la pertenencia a un mercado común o la llegada de fondos europeos, sino que también han transformado la manera en que nos relacionamos con nuestros vecinos y la forma de entender nuestro propio territorio. Navarra ya no puede mirarse únicamente desde Pamplona: también debe mirar hacia Bayona, Burdeos, Vitoria-Gasteiz o Donostia-San Sebastián.
El Plan Estratégico de la Eurorregión 2021-2027 plantea una idea especialmente interesante: la construcción de una ciudadanía eurorregional. Muchas veces damos por hechas las oportunidades que nos ofrece la integración europea porque vemos natural que un estudiante navarro pueda realizar una estancia formativa en Nueva Aquitania; que una empresa de la Comunidad Foral busque socios al otro lado de los Pirineos; o que una asociación cultural colabore con entidades de Euskadi y del sur de Francia. Tenemos el privilegio de que una persona que vive cerca de la frontera perciba las oportunidades laborales, educativas y culturales del territorio vecino como propias. Sin ese compromiso de una ciudadanía común, cada territorio correría el riesgo de refugiarse de nuevo en su propia ciudadela.
Europa puede parecer algo lejano cuando la reducimos a reglamentos o instituciones. Sin embargo, resulta mucho más fácil comprender qué significa la integración europea cuando universidades, empresas o instituciones de ambos lados de los Pirineos colaboran; cuando aprender francés, euskera o español no es únicamente adquirir una nueva competencia lingüística, sino también acercarse a quienes viven al otro lado de una frontera.
La cooperación transfronteriza también permite afrontar problemas que no entienden de límites administrativos. Tras este verano, se ha demostrado que retos como el cambio
climático, los incendios forestales o la gestión del agua exigen respuestas compartidas. Ninguna comunidad puede resolverlos por sí sola.
No obstante, el compromiso de fortalecer un sentimiento de pertenencia común no solo se nutre de los beneficios económicos, medioambientales o de innovación que la Eurorregión nos otorga. El espacio compartido debe ir más allá de lo material. El aprendizaje de idiomas, la movilidad y la difusión de las culturas de los tres territorios son herramientas para construir algo que quizás sea más difícil de medir que una inversión o un proyecto de infraestructuras: el sentimiento de formar parte de una misma comunidad.
Probablemente, este sea uno de los grandes retos de la Unión Europea. Hemos construido instituciones comunes, un mercado único e incluso una moneda compartida por millones de europeos. Pero Europa seguirá siendo un proyecto incompleto mientras muchos ciudadanos continúen percibiéndola como algo ajeno y distante.
De este modo, proyectos como la Eurorregión tienen un valor que trasciende las cifras y la apertura fronteriza. La integración europea tiene objetivos que van más allá de lo tangible; también busca superar las fronteras mentales que todavía nos separan. No basta con poder cruzar una frontera sin controles: es necesario que existan razones reales para hacerlo, vínculos cotidianos que mantener y proyectos compartidos.
Los Pirineos seguirán estando ahí. No podemos mover montañas. Navarra seguirá sin estar en el centro geográfico de Europa. Sin embargo, si Europa consiste en cooperar con quien vive al otro lado de una frontera, en compartir problemas y buscar soluciones comunes, entonces quizás no estemos tan lejos del centro como pensamos.
No somos Bruselas, pero somos Navarra. Deberíamos dejar de pensar que Europa solo se construye desde el centro. Porque, a veces, Europa empieza precisamente en sus fronteras.
Quizás Europa empiece aquí.
Iria Jurío, presidenta de Equipo Europa Navarra