Opinión
Tambores de guerra y 'Memorias de un europeo'


Publicado el 26/03/2024 a las 11:27
A partir de la guerra de Ucrania se ha retomado en Europa el debate sobre la seguridad y defensa del Viejo Continente. La tensión sobre un eventual enfrentamiento con Rusia en el medio plazo es palpable. Declaraciones como los recientes comentarios de la primera ministra de Estonia, Kaja Kallas, sobre la inminencia de un conflicto a gran escala si Ucrania no obtiene la victoria agudizan estas percepciones. Si bien se han hecho las matizaciones respectivas a nivel comunitario, no deja de ser cierto y necesario que la arquitectura de seguridad de la Unión Europea debe ser reforzada, para afrontar con resiliencia retos y amenazas de futuro.
Se han dado notables pasos en este sentido: el reciente anuncio de la Estrategia industrial europea de defensa, por ejemplo, es una materialización –si bien básica e inicial– del compromiso hacia la “Europa geopolítica” que declaraba Ursula von der Leyen en la presentación de su Comisión en 2019. Sin duda, la recuperación de cuestiones de seguridad y defensa como prioridades políticas a nivel comunitario será una tendencia que se mantenga en los próximos mandatos de la Unión.
A poco más de dos meses de un nuevo proceso electoral europeo, los comicios serán cruciales para determinar la nueva composición de las instituciones comunitarias, y sus respectivas prioridades políticas y legislativas. En el contexto de estos tiempos de cambio y de la vuelta de la guerra al debate público, conviene acudir a europeístas reconocidos, para tomarlos como referentes en la toma de la decisión sobre el futuro de la UE.
Destaca entre ellos Stefan Zweig, conocido escritor austríaco de inicios del siglo pasado. En su autobiografía, 'El mundo de ayer: Memorias de un europeo', recoge reflexiones de su contexto histórico y social fácilmente trasladables a la Europa contemporánea. Escribiendo sobre el ambiente caldeado del verano de 1914, se pueden hacer paralelismos con la situación antes descrita de la aparente proximidad de una guerra abierta con Rusia.
Así, por ejemplo, comenta Zweig de la época inmediatamente anterior al estallido de la Primera Guerra Mundial que “el progreso se respiraba por doquier […] Una prodigiosa despreocupación había descendido al mundo, porque ¿quién podía parar ese avance, frenar ese ímpetu que no cesaba de sacar nuevas fuerzas de su propio empuje?”. Tal vez pueda ser transmisible este espíritu de optimismo a los meses previos a la invasión rusa de Ucrania, en febrero del 2022, cuando se daba paso a la “nueva normalidad” tras dos años haciendo frente a la pandemia del Covid-19. La sorpresa con la que se recibieron en Europa las noticias sobre el estallido de la guerra en la vecina Ucrania es indicativa de este espíritu no necesariamente despreocupado, pero sí deseoso de estabilidad.
Otro punto en común entre la sociedad descrita por Zweig y la actualidad viene dado por sus comentarios respecto del espíritu europeísta que le hacía “sensible tanto a la victoria común sobre los elementos como a la aflicción común”. El contexto de esta afirmación se refiere al fracaso del primer vuelo de zepelín, de iniciativa alemana, y la frustración del amigo del autor, el poeta belga Émile Verhaeren. Siguiendo con el paralelismo, son destacables los esfuerzos que se hicieron a nivel de la UE para hacer frente a las crisis más notorias del último periodo parlamentario; tanto la pandemia del Covid-19 con la compra conjunta de vacunas y material médico, como el envío de armamento a Ucrania para sostener su esfuerzo bélico. En situaciones de adversidad, Europa despierta y responde.
Ambas referencias al europeísta Zweig pueden inspirar consideraciones sobre la seguridad y defensa europeas, y sus necesarios avances a futuro. Por un lado, el estado de bienestar propio del que se disfruta en sociedades del Viejo Continente no debe llevar al olvido de lo que costó conseguirlo. La memoria colectiva comunitaria no debe omitir los duros acontecimientos del siglo XX que llevaron al compromiso para una paz más permanente en espíritu de cooperación, ante el terrible sufrimiento humano que causaron. Por otro lado, esta sensibilidad a la que alude Zweig es precisamente el motor de la solidaridad característico del espíritu europeo, con fundamento en una historia compartida.
Por tanto, ni alarmismo ni dejación en la seguridad de Europa. La priorización política de la defensa europea es necesaria, pero con un propósito bien distinto al que condujo a las dos Guerras Mundiales. No se pretende la guerra, sino la paz. La Unión Europea nació precisamente de un deseo de preservar la paz, y ese cometido fundacional debe mantenerse. Lejos de motivaciones nacionalistas que alimentaron las Guerras Mundiales, corresponde avanzar una política de defensa que asegure los valores que el apasionado europeísta Zweig destacaba como rasgos identitarios del Viejo Continente. Entre otros, la solidaridad, la conciencia de un legado civilizatorio común, valores de paz y de prosperidad compartidos por todos los Estados miembros.
Ariana Betalleluz es delegada de Formación de Equipo Europa Navarra