Félix Huarte, la pasión por su tierra


Actualizado el 12/04/2021 a las 10:20
Félix Huarte, constructor, industrial y mecenas, nació en Pamplona el 6 de noviembre de 1896, en la casa del número seis de la calle Zapatería, hijo de un carpintero de Lizoáin y un ama de casa de Ardanaz. Estudió en las escuelas municipales de San Francisco y su biógrafo, el historiador Javier Paredes, catedrático en la Universidad de Alcalá de Henares, recuerda en el libro que le dedicó que nunca renegó de sus orígenes, cuando ayudaba a su padre a cobrar por las sillas que se instalaban en el Paseo de Sarasate .
Antes de cumplir los 15 años, comenzó a trabajar. Pamplona tenía entonces 29.600 habitantes, estaba todavía encerrada en sus murallas y el tren de El Irati era la última novedad estrenada. Se colocó en la oficina de proyectos del promotor roncalés Angel Galé, luego como delineante en la Comandancia Militar y después en la empresa constructora de Rufino Martiricorena, que estaba construyendo la plaza de toros de Pamplona.
El salto a la independencia lo dio en 1927. Huarte creó con su amigo el corellano Emilio Malumbres, la empresa “Huarte y Malumbres” gracias al apoyo de un socio financiero, Toribio López, propietario de una fábrica de calzados en Pamplona y que da nombre al frontón que todavía se conserva en mitad de Iturrama. Su primera obra es Casa Aramburu, el edificio actual del número 14 de la avenida Carlos III. Su expansión como constructora es muy rápida y se produce en plena II República con el salto a Madrid al mundo de la obra pública, con la Escuela Superior de Sanidad, la Facultad de Filosofía y Letras de la Complutense o parte de las obras de Nuevos Ministerios.
El socio capitalista de la empresa, Toribio López, era el suegro de Mariano Ansó, alcalde republicano de Pamplona. Esta circunstancia le originó graves problemas a Huarte tras la guerra civil, cuando el régimen franquista incautó el patrimonio de los López y dejó en el aire sus finanzas. Huarte tuvo que dar explicaciones sobre su adhesión al bando ganador de la contienda civil. Tras la guerra, la constructora alcanza dimensión nacional y a partir de ahí Huarte inicia un rápido proceso de diversificación industrial, partiendo de Imenasa, con empresas como Papelera Navarra, Inasa, Perfrisa, etc..
EN LA DIPUTACIÓN
Luis Doria Esparza, el que fuera director de industria con Huarte, lo definió con precisión. “Era un hombre de una gran inteligencia natural, con una inmensa capacidad de trabajo, meticuloso y exigente, con una memoria prodigiosa y también paternalista”. Fruto de su manera de entender las cosas, su fábrica insignia, Imenasa, ubicada donde hoy se levanta la plaza de Yamaguchi, entre San Juan y Ermitagaña, contaba con una escuela profesional para aprendices, y frontón y piscina para los trabajadores. Para el incipiente movimiento obrero (CCOO nacía a mediados de los sesenta) Huarte era, en cambio, la representación del “capitalismo opresor o explotador” por excelencia. Dos visiones antagónicas que el tiempo ha ido modulando.
La llegada de Félix Huarte Goñi a la Diputación fue el colofón de su larga carrera empresarial. En los años 60, el presidente nominal de la Diputación era el gobernador civil y el vicepresidente, el diputado de más edad, razón por la cual Huarte ocuparía el cargo al ser elegido en 1964.
La Diputación estaba compuesta por siete diputados, elegido uno por cada merindad y dos las de Pamplona y Estella. Javier Paredes, el biógrafo de Félix Huarte, retrata los grupos políticos posibles en plena dictadura, en la Navarra de 1964. Eran el carlismo, la fuerza más importante desde la guerra civil “tolerada” por el franquismo y el Movimiento, el franquismo más puro, mezcla del falangismo y “una amalgama de autoritarismo y tradicionalismo”, en palabras del historiador.
AIRE FRESCO
Sin pertenecer a uno u otro grupo, las dos figuras de esta historia, Félix Huarte y Miguel Javier Urmeneta, empresario el primero y alcalde y director de la CAMP el segundo, unieron sus fuerzas para ir juntos a las urnas y dar aire fresco a una Diputación anquilosada que buscaban liderar como una palanca de transformación para Navarra. “Nos encontramos ante un conjunto de hombres, independientes entre sí en lo político, pero deseosos de romper con un sistema que ven inoperante en la acción del gobierno foral. No se consideraban tecnócratas, pero es indudable que nos encontramos ante firmes partidarios del desarrollismo”, asegura Paredes en su libro.
La candidatura de Huarte a la Diputación, señala el historiador en su obra, fue apoyada por el carlismo pero también contó con el visto bueno del Gobernador Civil, es decir, por el poder central, “el oficialismo”. “Es un hombre de derechas que ha vivido la situación revolucionaria previa, la guerra civil y que ha sufrido sus consecuencias en su familia y en sus negocios. Partidario, por tanto, de defender el orden y la paz social a cualquier precio”, señala el historiador en su obra. “Ser de derechas equivalía en los años sesenta, por lo menos, a aceptar el régimen de Franco como un dato más de la vida política española; sin ponerlo en discusión”, asegura su biógrafo.
FRACTURA EN DIPUTACIÓN
En la política “pasó un martirio chino”, señaló su hijo Felipe a su biógrafo. Entre otras cosas porque buscó trasladar su modo ejecutivo de resolver problemas y tomar decisiones del mundo de la empresa a la Diputación, que estaba compuesta por políticos representantes de cada merindad. Francisco Elizalde, diputado estellés en aquellos años, lo describiría luego muy gráficamente: “Don Félix fue siempre un hombre impetuoso, temperamental, todo corazón, sincero y de gran capacidad de trabajo. Su idea de la política era trabajar lo máximo por Navarra y supo imprimir la ilusión de la industrialización”.
Y es que en la Diputación de 1964 había dos bandos. Elizalde lo detallaba así: “Más que facciones constituíamos dos grupos unidos pero con puntos de vista diferentes. Félix quería ante todo desarrollar Navarra. El progreso lo capitaneaba él, quién además dominaba el capital, y el otro grupo, donde estaba Amadeo Marco, era más prudente, no deseaba arriesgar tanto.” El veterano Amadeo Marco apostaba por la navarra tradicional y Huarte lideraba la modernización, consciente de que la enorme sangría de la emigración sólo podía ser detenida con un proceso de industrialización.
La llegada de Huarte y Urmeneta se tradujo de forma inmediata en decisiones rápidas. A los pocos días de tomar posesión los nuevos disputados, en abril de 1964, la Diputación aprobaba el Programa de Promoción Industrial, la base sobre la que cambiar Navarra. Y fue posible porque Huarte había encargado dos años antes un completo estudio para diseñar un plan de desarrollo. Los mejores expertos nacionales de la época trabajaron en el documento que Huarte pagó de su bolsillo. Fueron años de actividad frenética y de cambios que sembraban el futuro. Polígonos industriales repartidos por Navarra, carreteras, aeropuerto.
La fractura interna se retrató en 1967 cuando en unas elecciones parciales, el grupo modernizador perdió la mayoría de 4 a 3 diputados de que había dispuesto hasta entonces. Huarte amenazó incluso en público con su dimisión, pero no llegó a ejecutarla.
Eso sí, el golpe de timón de la nueva mayoría de Amadeo Marco se plasmó rápidamente con la supresión de la dirección general técnica de la Diputación y la salida de la misma de Francisco Javier Saralegui, el hombre fichado personalmente por Huarte tres años antes para pilotar el Plan de Industrialización. Una derrota en toda regla de Huarte frente a su rival, resalta el historiador. Sin embargo, en la historia con mayúsculas, el triunfo de la tesis modernizadora de Huarte resulta abrumador.
UNIVERSIDAD Y CONVENIO
“Amaba a Navarra y a sus gentes con una pasión sin retorno”. Así definía a su padre su hijo Juan hace ya una decena de años. Por eso, durante su mandato, Félix Huarte cubrió frentes muy diversos. Muchos muy poco conocidos. Como cuando peleó ante el Estado porque la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra se quedara en Pamplona frente a los intentos ciertos de que se fuera a San Sebastián, señala su biógrafo . Una batalla en 1964 que recuerda, 50 años después, la reciente fuga de centros de investigación de la Universidad de Navarra camino de Guipúzcoa precisamente por lo contrario, la falta de apoyo político suficiente en Navarra para retenerlos.
Y le tocó también renovar el Convenio Económico en 1969, poniendo al día la autonomía tributaria de Navarra. Dejó terminado el proyecto para hacer la Autopista de Navarra aunque murió antes de verlo plasmado. Y no todo fueron éxitos. Tuvo en la cabeza el proyecto de instalar una central nuclear que no cuajó, para lo que barajaron las orillas del Ebro, entre Tudela y Castejón, de manos de una multinacional americana. No prosperó.
Su refugio lo halló en el Señorío de Sarría, una finca en Puente la Reina, adquirida en 1952, que transformó totalmente con el mismo tesón con la que dirigió sus empresas y la Diputación y donde construyó un poblado, un castillo-palacio sobre el Arga que sigue siendo lugar de recreo para sus descendientes, con una ambiciosa bodega en el rincón más recóndito. Una bodega que sus hijos hubieron de entregar a Caja Navarra tras su muerte para hacer frente al aval a una conservera, un episodio que es una herida abierta en la historia familiar del Señorío.
Félix Huarte murió en 1971, apenas dos meses después de dejar la Diputación y cuando ya hacía planes para dedicar su tiempo a nuevas tareas, como trabajar en la restauración de los pueblos de Navarra. Está enterrado en Sarría junto a su mujer. Descansa en un mausoleo, bajo un bosquete de encinas, en una colina a la que se accede por una carretera bordeada de cipreses.
Felipe Huarte Goñi se casó en 1923 con Adriana Beaumont Galdúroz, quien ya recibió en 1991 la Medalla de Oro de Navarra por su labor de promoción social, especialmente a través de su obra de Nuevo Futuro. Tuvieron cuatro hijos, que con el paso de los años, se repartieron la gestión de su grupo empresarial. Juan se centró en la cultura ( de la editorial Alfaguara al cine, la escultura de Jorge Oteiza o la arquitectura) , Jesús presidió la constructora y Felipe el grupo industrial encabezado por Imenasa y Torfinasa (secuestrado por ETA en 1973 y libre tras el pago de un rescate, el suceso marcó la vida de la familia desde entonces). María Josefa, su única hija, continuó Nuevo Futuro, la obra de su madre. La colección de arte contemporáneo de María Josefa es la donación que constituye el germen del Museo de la Universidad de Navarra.
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