Beatriz Zazpe: “Las ayudas al emprendedor, si se dan, tienen que ser rápidas y generosas”
La lavandería industrial Pirenaica abrió sus puertas en marzo de 2018 en el polígono de Burgui y da servicio ya a 40 establecimientos de hostelería de la zona. Su impulsora, Beatriz Zazpe Laspidea, acaba de ser premiada


Actualizado el 17/12/2020 a las 17:16
Cuarenta hoteles, hostales, casas rurales o apartamentos del Pirineo han apostado ya por trabajar con ella. Por el servicio de cercanía y de calidad que ofrece. Porque genera empleo en zona. Y porque, para lograr un Pirineo vivo, es más necesario que nunca el apoyo entre unos y otros. Beatriz Zazpe Laspidea, de 45 años, puso en marcha el 16 de marzo de 2018 la lavandería industrial Pirenaica en el polígono de Burgui, localidad roncalesa de la que desciende y en la que reside con su familia. Iniciativa que partió de la observación de un nicho de negocio y de una apuesta decidida por el emprendimiento. Lo que en un inicio se planteó como una empresa de autoempleo familiar, ha acabado generando hasta 8 empleos en algunos momentos, casi en su totalidad de carácter femenino. La lavandería realiza el servicio de recogida, lavado, planchado y entrega de ropa de cama y toallas en los valles de Roncal, Salazar y Aezkoa, ya sea propia o de los establecimientos. Fruto de todo este trabajo, Zazpe ha sido galardonada con el premio ‘Emprendedora Navarra 2020’ impulsado por Amedna (Asociación de Mujeres Empresarias y Directivas de Navarra).
¿Cómo se siente tras recibir este premio?
Supone una sensación muy agradable, y más porque llega desde una asociación como Amedna, a la que agradezco también que se acuerde de las mujeres emprendedoras rurales. Es un subidón en un año como este, marcado por la pandemia de coronavirus, en el que hemos podido trabajar poco ya que dependemos de la hostelería. He recibido un montón de felicitaciones, la gente se ha alegrado mucho por nosotros.
¿Qué balance hace del paso dado al emprender, de poner en marcha un negocio desde cero?
Positivo, sobre todo por el buen recibimiento que hemos encontrado entre la hostelería de la zona a la que nos dirigimos. Y si no fuera por la covid-19, sería aún mejor. Nos iba muy bien hasta marzo de este año, reinvertíamos lo que ganábamos para mejorar la empresa, pero luego todo se tambaleó. Y una de las partes que más me emociona de todo lo que hemos conseguido es haber podido generar empleo. En los comienzos, pensé en que la cosa daría para autoempleo y, como mucho, contar con mi hermana, cuando al final hemos estado 6-7 personas, o más en momentos punta de trabajo.
¿Su propio entorno familiar le facilitó dar el paso de emprender?
Desde luego. Aquí nadie ha trabajado para otros, y eso algo me habrá marcado. Mi padre tenía una empresa de transporte, mi madre era hostelera, mi marido es autónomo... Una experiencia de vida que te curte. Diría que en mi casa había un matriarcado, con mi madre al frente. Una mujer emprendedora, atendiendo su bar en Pamplona y cuidando también de la casa y los hijos, en una época en la que no se llevaba eso.
¿Cuáles fueron los principales problemas o barreras con los que se topó a la hora de emprender el negocio?
Sin duda, la burocracia. El papeleo y las exigencias se deberían agilizar y simplificar. Por poner un ejemplo, opté a una ayuda del PDR (Programa de Desarrollo Rural) en la que se exigían muchos requisitos, seguir estrictamente unos plazos, etc., y luego ellos cumplieron su parte cuando quisieron. Tal es así que la subvención me llegó a los 18 meses de empezar a trabajar, tiempo en el que tuve que adelantar miles de euros de fondos propios, sobre todo al principio. Eso no puede ser. Las ayudas, si se dan, son para impulsar una idea y tienen que entregarse rápido. Si no, necesitas afrontar fuertes desembolsos de tu bolsillo, y eso igual alguien con una trayectoria vital más desarrollada lo puede hacer, pero ¿cómo va a emprender un joven de 25 o 27 años que no tiene un duro? Las ayudas tienen que ser rápidas y generosas, y más en estas zonas de baja población. Creo que así la gente se animaría a abrir negocios.
¿Quiénes fueron su principales apoyos al emprender, sus aliados?
Mi gente, la familia y los amigos. Y también los hosteleros del Pirineo que rápidamente confiaron en nosotros. Ni ayuntamientos ni juntas. Todo a nivel personal. Aunque hubo mucha gente que me desaconsejó emprender, diciendo que no me iba a compensar, lo cierto es que muchos se han alegrado de que nos haya ido bien. Y también quiero agradecer directamente el apoyo que recibí en los primeros momentos por parte de trabajadores de Nasuvinsa y, especialmente, de José Mª Aierdi, que entonces era director-gerente de esta sociedad pública del Gobierno. Yo estoy alquilada en una nave de Nasuvinsa en el polígono de Burgui, y le agradezco mucho la confianza que tuvo entonces en mí, facilitándome un tiempo de carencia en el pago del alquiler y la cesión de un pequeño terreno aledaño que necesitábamos.
Como emprendedora del Pirineo, ¿le parece que es más fácil o más difícil poner en marcha un negocio allí frente a un entorno urbano?
Más difícil. Por todo. Solo un ejemplo. La logística no es ni por asomo la misma que en Pamplona. Si te tienen que suministrar algo, prepárate. Aquí se te rompe una máquina y el técnico viene o cuando tiene que hacer un viaje por la zona para atender otras averías, o si se acerca solo por ti, el viaje lo encarece todo. Son 80 kilómetros de distancia.
Como decía antes, uno de los grandes logros de la lavandería industrial Pirenaica es que ha podido generar empleo, especialmente entre mujeres. ¿Satisfecha?
Desde luego. Hemos llegado a estar 8 personas en plantilla, algo que nunca hubiera entrado en mi cabeza. Y sobre todo han sido mujeres porque son las que principalmente han venido a pedir trabajo. Este año, como ha sido raro por el coronavirus, hemos sido 7 en agosto, 5 en septiembre y ahora estamos trabajando apenas 3. Si abren las pistas de esquí y se activa la Semana Blanca escolar, el trabajo aumentará. Dar oportunidades laborales es algo muy bonito, y me enorgullece por ejemplo haber podido contratar a mujeres gitanas, muy trabajadoras, que no habían tenido en su vida un contrato laboral hasta venir aquí.
¿Cómo surgió la idea de negocio?
Todo partió de la observación. Tras dejar cada mañana a los niños en el colegio, varias madres salíamos a pasear por la carretera y veíamos pasar con bastante frecuencia el camión de la lavandería que atendía a la hostelería de la zona, y que venía ni más ni menos que desde Marcilla. En el grupo hablábamos mucho de que habría que emprender, montar un negocio... y con este tema me piqué, miré posibilidades en internet y pedí un presupuesto a una empresa. Después hablé con algunos hosteleros y me dieron su apoyo, pues no estaban muy contentos con el servicio que tenían hasta la fecha. Así que ya, con eso y el apoyo de la familia, me lancé a preparar el proyecto y a pedir ayudas.
Y como buena observadora, ¿ha apreciado algún otro nicho de negocio para la zona pirenaica?
Desde luego. No entiendo cómo no hay nadie en estos pueblos de la montaña que se ponga de autónomo, alquile una camioneta grande de renting y se dedique a hacer una ruta diaria de reparto de mercancías. Considero que iba a trabajar mucho, y sin apenas arriesgar dinero. Sólo con la carga de trabajo que le daríamos nosotros, ya tendría para media nómina.
Instaló su negocio en una nave del polígono de Burgui. Una zona industrial inaugurada en 2008 para dinamizar el empleo en el valle de Roncal y que está prácticamente vacía. ¿A qué lo achaca?
A que aquí no valen las normas de la ciudad. Si el propietario de las parcelas (Gobierno foral) espera sacar rentabilidad económica, no las venderá. Si el objetivo es que haya empresas y generar economía local, hay que abaratar costes, ampliar los plazos para edificar, fomentar que los primeros años no se pague la contribución, etc. Yo estuve mirando para comprar, pero no me convenció que me exigieran edificar en un plazo corto de tiempo. ¿Y si no podía, qué? Aquí lo que está claro es que no vendrán grandes empresas de fuera, pues el problema es la distancia con la ciudad y las autopistas. Estamos lejos y el transporte lo encarece todo.
En el mundo empresarial se aspira, cada vez más, a facilitar la conciliación entre el ámbito laboral y el familiar para los trabajadores. ¿Es posible?
Desde luego que es posible, pero debe haber compromiso por todas las partes. Aquí hemos dado pasos en ese sentido. Se favorecen las medias jornadas, pudiendo entrar a las 10 de la mañana, con los niños ya en el colegio, y salir a las 2 de la tarde, para facilitar el acudir a recogerlos. Y también se tienen en cuenta las situaciones personales de cada uno a la hora de hacer los calendarios. La conciliación pasa por eso. Y si todos no arrimamos el hombro, no habrá niños.
¿Cómo han vivido este año marcado por la pandemia y el confinamiento primaveral?
Estábamos trabajando muy muy bien, la verdad, y de repente llegó este tema y se cerró todo de golpe en marzo. Y eso que en esta zona no había entonces apenas casos de coronavirus. Fue un palo terrible. Primero 15 días, luego otros 15... y llegaron los despidos y los ERTEs. Estuvimos tres meses sin ingresos, con el negocio cerrado, mientras tocaba seguir pagando el alquiler de la nave, los préstamos al banco, la luz y el gas... En cuanto al alquiler, pedí a Nasuvinsa no pagar hasta volver a facturar, pero solo me dieron la opción de aplazar pagos, y eso no me ayudaba. Al final, cuando en junio reabrimos, pagué de mi dinero los 3 meses atrasados, no me gusta deber. Pero cuál fue mi sorpresa al saber después que, entretanto, otros habían podido pagar la mitad o renegociar el precio. No me pareció nada bien esa desigualdad en el trato.
El verano, con el ámbito rural como destino principal del turismo, ¿les ayudó a remontar?
Desde junio, cuando se pudo salir de casa, hubo un montón de trabajo, como luego en verano. Ahora, en cambio, está habiendo un poco de parón. En verano se trabajó mucho, la verdad, aunque al sector hostelero, paradójicamente, no le fue del todo bien. Pese a tener mucho trabajo hubo menor facturación de la que correspondería, dado que tuvo que lanzar ofertas para atraer clientela y aceptar también que se contrataran noches sueltas en vez de estancias más largas, con el aumento de costes en limpieza que eso suponía.
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La falta de trabajo creo que es una excusa, como otras, para no quedarse a vivir en el Pirineo. Aquí no cabe solo emprender para vivir. Trabajo hay, y un ejemplo es la hostelería, que tiene que recurrir a trabajadores que vienen de fuera. Pero claro, no vas a encontrar un trabajo de 8 a 3 del que puedas vivir en exclusiva. Aquí toca estar pluriempleado, cobrar un poco de aquí y otro de allá, como ha sido siempre. Y, con todo ello, sacar a la familia adelante. Así las cosas, la gente prefiere irse a Pamplona, donde además hay más servicios. Joven que se va, no vuelve. Para vivir aquí, lo primero es querer quedarte. Hay trabajo y oportunidades laborales.
¿Por qué quiso apostar por vivir y emprender en el Pirineo? ¿Qué le ofrece este entorno?
En mi plan de vida, cuando era joven, no entraba vivir aquí, la verdad. Nos trasladamos al valle para cuidar a mis padres, ya mayores, y mis hijos nacieron estando en Burgui. Ahora, con 12 y 9 años, dicen que no querrían vivir en la ciudad. Este entorno me ofrece tranquilidad, serenidad y relajo, y valoro mucho conocer a todo el mundo. En estos pueblos somos como una gran familia, todos cuidamos de todos. Te alegras con los buenos momentos de tus vecinos y te entristeces con sus penas. También valoro que tengamos una escuela pequeña y que podamos hacer mucha vida en familia, pues apenas hay extraescolares y, cuando oscurece, pasamos muchos ratos juntos en casa. Es otro modo de vida, otro enfoque, y creo que no me pierdo nada.
¿Es lo que trata de inculcar a sus hijos?
Yo siempre les digo que ellos tienen que ser lo que quieran ser, pero que es muy importante que se formen, ya sea para ganaderos, veterinarios, ingenieros agrónomos o médicos. Y que elijan dónde quieren vivir. Que puedan decidir. Los niños del Pirineo ven parir yeguas, cogen setas y nueces, pescan, esquían... disfrutan del medio en el que viven. Y tienen mucha conciencia de cuidar el medio ambiente y sus pueblos. Un modo de vida que debería apoyarse al máximo desde las instituciones. Carecemos, por ejemplo, de un instituto cercano, y a los 16 años, para seguir formándose en euskera, se tienen que ir a Pamplona, algo que rompe las familias.
Su negocio de lavandería se lanzó, como dice, por el apoyo claro de la hostelería local. ¿Existe en el Pirineo una apuesta por el consumo de cercanía, por apoyarse unos a otros?
Les estoy muy agradecida. Empezamos dando servicio simultáneamente en el valle de Roncal, donde ya nos ponían cara, y en el valle de Salazar, donde no nos conocían, y todos nos recibieron con las manos abiertas y demostraron una confianza buenísima hacia nuestra propuesta. Ahora, desde junio, también damos servicio en el valle de Aezkoa, y nos está pasando lo mismo. Hay una mentalidad de consumo local y cercano, al igual que yo compro yogures de la zona, por ejemplo. Tenemos que dar oportunidades a la gente de aquí para que todo siga adelante, para que haya pueblos vivos.
Beatriz Zazpe Laspidea (Pamplona, 7-8-1975), promotora de la lavandería industrial Pirenaica abierta en marzo de 2018, vive en Burgui desde 2007, de donde son su madre, Mª Paz, y su marido, Roberto. Tiene dos hijos, Íñigo y Andrea, de 12 y 9 años, que siempre han vivido en el pueblo. Se formó en estética e imagen, y en marketing y ventas. Antes de animarse a emprender, trabajó durante años en el negocio familiar, el bar Roncal de la calle Jarauta de Pamplona.
