Día Internacional de las Mujeres Rurales

“Ser feliz es algo más que un sueldo fijo”

Leire Echeberria Jaca personifica un anhelo de equidad de género al compartir con su marido responsabilidad en su explotación de Lizarraga

Leire Echeberria Jaca, delante de paja acumulada para alimentar a su ganado en Lizarraga.
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Leire Echeberria Jaca, delante de paja acumulada para alimentar a su ganado en Lizarraga.MIGUEL OSES
Leire Echeberria Jaca, delante de paja acumulada para alimentar a su ganado en Lizarraga.

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Sandra Iraizoz

Publicado el 11/10/2026 a las 05:00

Leire  Echeberria Jaca llevaba años queriendo dedicarse a la ganadería. Su marido ya era ganadero y ella conocía de cerca aquel mundo, pero dejar un trabajo estable para incorporarse a una explotación familiar siempre da vértigo. “Al final es el miedo de perder un sueldo fijo que tienes en casa”, reconoce. La decisión llegó después del nacimiento de su segundo hijo. Para entonces, ella ya estaba cada vez más implicada en el trabajo con los animales y ambos entendieron que aquel podía ser el momento de dar el paso. Su marido había comenzado a dedicarse plenamente a la ganadería después de perder su trabajo en una fábrica durante la crisis de la covid. Su sueño era ser ganadero y pastor. Después le tocó a ella. Ahora los dos comparten trabajo, explotación y familia. Y eso significa que las jornadas no terminan cuando se sale del trabajo porque, en su caso, tampoco existe una frontera demasiado clara entre la granja y la casa. Él se encarga principalmente del ganado y ella, especialmente, de los niños, aunque las tareas se reparten en función de lo que toque cada día. Si hay que ir a buscar ovejas que se han escapado, descargar un camión o atender a un animal, se hace. Si toca llevar a los niños al colegio, también.

 “Al final, la conciliación aquí es dentro y fuera de casa”, resume. No siente que ser mujer le haya supuesto un obstáculo dentro de la ganadería, “las mujeres y los hombres tenemos el mismo poder físico, poder mental de hacer el mismo trabajo. Yo no tengo ningún problema en coger un saco de 25 kilos”. Lo que sí condiciona su día a día es la maternidad y el reparto de tareas que han establecido en casa. Ahora es él quien dedica más tiempo al ganado y ella quien está más pendiente de los niños. “Cuando los niños crezcan me tendré que involucrar más y ojalá nos puedan ayudar ellos”, ofrece como vaticinio de futuro. 

LA CIUDAD Y EL CAMPO 

Leire, de 39 años de edad, había trabajado durante dieciséis años en una ciudad. Por eso sabe qué significa vivir de otra manera. Y no duda cuando se le pregunta dónde se imagina ahora. “Estoy feliz donde estoy y en lo que estoy”, afirma. “Al final, el pueblo te ofrece muchas cosas que en una ciudad es imposible. Por ejemplo, la calidad del aire que tenemos o el no tener ruidos. Para mí eso es paz mental”. También reconoce que en los pueblos faltan servicios y transporte público, pero asegura que no los echa especialmente de menos. Pese a que suene bucólico ella no romantiza la decisión de instalarse en el sector. “A una niña que estuviera pensando en convertirse en ganadera le diría primero que se informe. Que no idealice el campo ni piense que todo es tener animales y vivir rodeada de naturaleza. No es ‘jauja’”, advierte. 

Hay que invertir tiempo y dinero, trabajar mucho y aprender a resolver problemas que aparecen todos los días. Pero, añade que, lo mejor es que “ser feliz es mucho más que tener un sueldo fijo. Es tener paz, tranquilidad, no depender de otros y poder dedicarte a aquello que te gusta” y eso se lo ha dado la ganadería a ella.

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