Homenaje
Elvira Turumbay: la comadrona navarra que asistió en más de 1.500 partos
Lakuntza dedica una plaza a quien fuera asistente en la localidad y su entorno. Logró el título de comadrona tras ser denunciada su madre por realizar la misma labor sin estudios


Publicado el 15/03/2026 a las 05:00
Desde hace una semana, coincidiendo con el Día Internacional de la Mujer, una nueva placa y un monolito lucen en una plaza de Lakuntza. En ambos se puede leer la identidad de Elvira Turumbay Sainz, que vino al mundo el 25 de enero de 1892, dio a luz a siete hijos y ayudó en el alumbramiento de otras más de 1.500 vidas. Por prestar ayuda en tal número de nacimientos recibió el merecido reconocimiento de ayuntamiento, vecinos y familiares, entre ellas, la única hija en vida, Eusebia Zubeldia Turumbay que, en silla de ruedas, no pudo contener la emoción que bañó su rostro.
El hilo umbilical en la transmisión entre generaciones de conocimientos y saberes de la vida ató a Elvira al compromiso aprendido de su madre, abuela y bisabuela. “Mujer de gran vocación y profundos conocimientos sobre plantas y remedios –como se lee en su perfil rescatado en Lakuntza para el homenaje–, asistió a lo largo de su vida a infinidad de partos en Lakuntza y en los pueblos aledaños. No dudaba en acudir a donde la necesitaran”, ya fuese a pie o en mulo.
En cierta ocasión, no tuvo reparos en calzarse las botas de su marido, el también lakuntzarra José Cruz Zubeldia, con el contrajo matrimonio en 1919. Con los pies más cortos que el número del calzado, “subió sola andando a la Casa Forestal de Aralar, cuando aún no había carretera”. Lo más llamativo del caso, que descubre el carácter de una mujer hecha a sí misma frente a la adversidad, fue que tan sólo habían pasado 20 días desde que había dado a luz a su quinto hijo.
Su férrea voluntad quedó igualmente expuesta un día muy especial en la familia en que una de sus hijas iba a contraer matrimonio. Antepuso el deber a la celebración y, esto que, estando asistiendo a un parto en una casa, escuchó los cohetes anunciadores del enlace ya bendecido.
Así era esta mujer, que tuvo arrestos suficientes para “coger los libros” cuando trascendió que su madre había sido denunciada por ejercer de comadrona sin un título oficial. Fue, por lo que se lee en su biografía, “una decisión valiente e inusual” la suya. De familia humilde, debía realizar un mayor esfuerzo en la lectura y comprensión de textos en castellano cuando su “lengua materna y cotidiana” era el euskera.
LLEGÓ TARDE AL EXAMEN FINAL
A la par de atender las labores del hogar y de cuidar de sus hijos, dedicó año y medio a desentrañar los secretos de la profesión que bien conocía recogidos en los libros. “Preparó la teoría, superó las prácticas en Pamplona y viajó a Zaragoza para hacer el examen final”, recoge el relato de su vida.
Una vez en la capital aragonesa y antes de poner a prueba sus conocimientos en la prueba definitiva, tuvo a bien acudir a una parroquia a oír misa. El problema es que esa buena intención en la preparación de su interior le supuso llegar tarde a la cita académica. “Le permitieron acceder” al examen y, claro está, aprobó. Era 1929 cuando, a sus 37 años de edad, logro el título que “orgullosamente conservan en su casa nativa”, la misma que en Lakuntza es conocida como Emañena o Emagiñarena (La casa de la comadrona).
“En una época de escasez y pocos recursos”, como le tocó vivir, tenía “unas tarifas muy por debajo de lo que le correspondía. Y aun cuando las familias no podían pagarle debidamente sus servicios”, la mujer desempeñaba su labor sin queja alguna ni pregunta que brotase de su boca.
Fue en 1952, con una ligera mejoría de la economía local, cuando pudo empezar a “cobrar sus honorarios íntegros”. Su aporte en Lakuntza excedió de su experiencia laboral. Dos fueron las contribuciones que realizó a estudios de euskera: uno de ellos, al primer presidente de la Real Academia de la Lengua Vasca-Euskaltzaindia, Resurrección María Azkue, al que confió una pieza popular que se cantaba en el juego del escondite. La lingüista Ana María Echaide recurrió a ella para registrar la variedad de euskera en la localidad de Sakana. El 15 de octubre de 1975 le sobrevino la muerte a aquella que ayudó a dar tanta vida.
