Carnaval
Miel Otxin baila bajo la lluvia
Primera salida del bandido, con el apoyo de su zaldiko en víspera de ser ajusticiado

Actualizado el 16/02/2026 a las 20:23
Fue abrirse el portón del número 31 de la calle Santa Cruz, rotulado con el epígrafe de Posada, y una algarabía alteró la espera de los protegidos con paraguas. Salieron los txatxos como una corriente de color en una tarde temprana de aspecto desapacible y emergió la figura imponente y señorial de Miel Otxin. Bailó bajo la lluvia quien encarna el mal en una escenificación de una pasaje que navega entre historia y leyenda en una de las vertientes del puerto de Belate.
“¡Qué pena la lluvia! Si hubiese nevado”, la recreación alrededor del pueblo, con principio y final hilvanado por el zortziko, hubiese estallado en una explosión de color sobre un manto blanco. Es posible que la precipitación, constante e incordiante durante la mañana y primeras horas de la tarde, espantase a no pocos para seguir las evoluciones del forajido de leyenda en vísperas de su ajusticiamiento. Y aún así, su imagen tuvo un efecto hipnótico en muchos, precavidos del incordio del agua al calor de la posada.
Y como sucede en otras manifestaciones culturales, arraigadas a la vida y la historia de un pueblo, las horas no son horas hasta dejar calmado el estómago. Y en ello, el comedor de la primera planta de la posada pasó, rebasa la una de la tarde, a transformarse en un escenario de baile cuando brotaron los primeros sones del zortziko. Se compenetraron en las notas los txistularis Fermín Garaikoetxea, Fermín Salaberri, José Javier Irisarri, Javier Irigoien y Peio Mariñelarena. Con ellos, empezaron los preparativos.
La atención escaló unos peldaños, donde el cuerpo de Oier Olagüe Larralde, de unos 70 kilos de peso -como dijo-, comenzó a engordar. Entre sacos de hierba seca para las piernas y el torso cubierto de helecho, su volumen fue gradualmente ensanchándose hasta experimentar la metamorfosis del Ziripot.
De forma ordenada y gradual, los visitantes posaron su mirada sobre su rostro aún descubierto entre puntadas de hilo dadas por los encargados de dar forma a su vestuario. En éstas, coincidieron Aimar Martikorena, Javier Oscoz, Luis Mariñelarena -el mismo que alterna con Iñaki Ariztegi Calzado en la recreación del Zaldiko-, y Jesús Mari Esain, “conocido universalmente por Iratxo”. Poco a poco, el desván fue alimentándose de partícipes en la mascarada para mudar su apariencia en el anonimato de las caras cubiertas. Desde la pandemia, la adhesión de jóvenes es cada vez mayor, se escuchó de uno de los veteranos a pocos metros del cuerpo inanimado de Miel Otxin, apoyado en un entramado de vigas. Ante su mirada fija, Ziripot comenzó a caminar con paso vacilante. Ya en la calle, los arotzak (herreros) lanzaron alaridos entre volutas de humo de un caldero que dotó al escenario gris por la lluvia un acento más intimidatorio. Ocultos en sacos y arrastrando cadenas fueron a ocupar los extremos de la calle Santa Cruz donde simularon herrar al Zaldiko.
Para entonces, Matxikonea, donde días antes Juanma Eugui Ciga decoró el gorro cónico de Miel Oxtin, siguiendo el ejemplo de su madre, Margarita Ciga Irurita, y de su tía, Vitoria Eugui Larramendi, proporcionaba protección a espectadores.
Faltaba el último zortziko en el frontón, con Ziripot curiosamente rendido a los pies de Miel Otxin por efecto del esfuerzo realizado. Este martes por la noche, las llamas consumirán al forajido que fue leyenda y hoy es icono del Carnaval. Promete regresar en un año. Tiempo al tiempo, a ser posible sin lluvia.

