Tráfico
El paso de 144 camiones al día por un pueblo de Navarra: "Vivimos con vibraciones en las casas"
Grietas que reptan hasta el primer piso, balcones golpeados y canaletas destrozadas salpican la travesía de Arraitz al paso de 144 camiones al día. La reivindicación de sus 200 vecinos es unánime: “Llevamos años pidiendo la variante”


Actualizado el 12/11/2025 a las 08:04
"Se ve que has arreglado la esquina Maritxu”. La pregunta planea en uno de los márgenes de la travesía de Arraitz, en uno de cuyos extremos se alza la casa Arocena. “Una vez no. 40 veces”, responde con una expresión bíblica la aludida que, de tantas veces que un camión ha golpeado su vivienda, ha acabado haciendo de la resignación virtud. “Te haces a ello”, confiesa María Arce Larrainzar, de 85 años de edad. Eso sí, la rutina de los sobresaltos no es ningún alivio por que, como reconoce, los “sustos son terribles”.
Este martes se unió a la veintena de vecinos en la visita girada por cinco parlamentarios de Cohesión Territorial para conocer in situ el problema que es un calvario para los 200 habitantes del concejo de Ultzama. Por recuentos realizados, atraviesa una media de 144 camiones al día en tránsito entre la N-121-A, situada a dos kilómetros, y el polígono Elordi, de Iraizotz.
El problema radica en la estrechez de la calzada en los algo más de 200 metros de travesía, con tramos y curvas angostas de 3 metros de anchura. Como pudo comprobar este martes la delegación parlamentaria, –integrada por Yolanda Ibáñez (UPN), Mikel Zabaleta (EH Bildu), Javier Lecumberri (PSN), Itxaso Soto (Geroa Bai) y Emilio Jiménez (Vox)– , cuando se cruzan dos camiones, uno de ellos está obligado a escorarse hacia el arcén. Justo en frente de la esquina arreglada “40 veces”, Tere Huárriz Oteiza solía sentarse en un banco de su casa, que hacía las veces de “cochera de La Ultzamarra” antes de su rehabilitación. No pocas veces se veía la mujer “regulando el tráfico” cuando veía acercarse dos camiones en sentido contrario. “Ya me solían decir: ‘solo te faltan los galones’”. Su hermano, Miguel Ángel, fue el que tuvo la ocurrencia de colocar dos conos junto a su casa, de nombre Sansiñenea, en el centro del pueblo, para espantar sobresaltos de tantos golpes en el balcón y vibraciones que han pasado a ser rutina. “Vivimos con vibraciones en las casas”, aprecia su hija, Amaya Huárriz Adot, mientras introduce su dedo en una grieta que repta desde la planta baja hasta el primer piso. “Llevamos reivindicando una variante muchos años y no paran de pasar coches”, apunta mientras empuja el cochecito de su hijo pequeño. Una advertencia, que no es baladí, se escucha de su boca: “cuando llega a la parada el bus escolar, hay coches que no se detienen”. El turismo que sí frenó en seco fue el que golpeó con brusquedad en una de las casas de Galbarrena donde vive Unai Redín Barberena, a la sazón alcalde del concejo.
EL COCHE EMPOTRADO
“Una vez un coche apareció empotrado debajo de mi ventana”, recuerda. Y no sólo eso. No son pocas las veces que la canaleta adherida a un extremo del edificio acaba destrozada. “En el jardín está la última que rompió un camión”, indica. Antonio Cenoz Cenoz recuerda el empeño de su familia por reforzar “por dentro” su casa “para que no se moviera”. Cierto es que ha esquivado colisiones o roces a la salida de una de las curvas pronunciadas, pero no menos verdad es que “se mueve y tiene grietas”. Un percance más en la hasta ahora travesía del desierto de Arraitz.
